Allí, tumbado en la cama, desnudo, abrazado
a la almohada.
Las ventanas le arrojan
los ruidos de fuera.
No sabe qué día y hora es,
ni tampoco le importa; ella no está.
Cae la noche, la oscuridad lo invade todo,
también su mente.
Y su nombre, el nombre de ella,
desaparece,
desaparecen sus labios,
su húmeda boca, su acogedora piel, los besos,
en su piel impresos…
“Desapareces toda tú.”
Hecho un ovillo, tembloroso, deshilvanado,
da vueltas y más vueltas
entre las húmedas sábanas,
mojadas por sus lágrimas.
Todo es tiniebla; todo es nada.
Amanece, ella no está,
¡Malditas palabras!
¿Puede matar la mente?
Prueba con toda su fuerza:
hace por no respirar
se engrosan sus venas,
su cuello se enerva,
su cuerpo levita,
casi hasta tocar el techo…
Más fuerza; su corazón se acelera,
sus ojos deambulan locos, salidos de órbita,
buscan lo que no encuentran.
Sus brazos se tensan, sus manos
levantan el gran peso
que su alma alberga.
Más, más alto. Su cuerpo tiembla;
él desespera…
Quizá lo consiga, insiste; su rostro
se desencaja. Las venas arrastran
veneno que su corazón bombea; insiste…
Mas, la mente no mata…
Muy sentido poema Jorge, digno de ti.
ResponderEliminarBello sentir poético. Saludos amigo Jorge.
ResponderEliminarUna gran descripción poética Jorge
ResponderEliminarRezuma verdad.
Un gran abrazo