viernes, 27 de julio de 2018

El toro de la Vega


Ay! Toro, torito,  toro de gran poderío
¿por qué te hiere esa chusma,
por qué te acosa el gentío ?
Matarifes a caballo, con sus lanzas, largas,
-pues las alarga el miedo-
acuchillan tu poderoso cuerpo.
Están  sedientos, ávidos de sangre,
España, sangre y mies es tu bandera.
¿Qué mal has cometido, qué mal ha hecho tu especie
que hace que, en estos lances, yo a la mía desprecie?
No puedo mirarte,  no puedo ver esos ojos
llenos de horror, dolor y espanto,
mientras, tu cuerpo yace, descosido, sangrando.

viernes, 20 de julio de 2018

Medina de Rioseco



       Ciudad de grandes y bellas iglesias,
    monumentales pasos de Semana Santa,
   sabrosas viandas, exquisito cordero,
      con buenos caldos y soportales viejos,
                                                                                                  permíteme, en el tiempo,
                    hacer un hueco.




Sobre las piedras, redondas
y húmedas, de tus calles,
cerca de Santa María,
la muerte vi, por vez primera;
aquel cadáver,
que vida sólo unos minutos antes tuviera.

Cuántas veces soñé con aquella cenicienta
cara,  por la que resbalaba
un hilillo de sangre, desde  la boca abierta.

Por segunda vez, en tan poco tiempo,
la muerte anduvo cerca; de noche, cual fantasma,
se llevó a un postulante
que murió de asma.

Mis escasos años
tropezaron con el silencio,
con las rigurosas reglas,
como el trato de usted
a mis compañeros.

El leve pitido del tren 
avisaba del fin de nuestras horas de estudio,
de recreos o de rezos.

Sus vías estrechas eran, a veces,
nuestros senderos de cortos paseos,
no lejos del convento.

La cruel ausencia
de mis seres queridos.

Lo peor, llamar padre
a quien el mío no era, al que yo tanto quería
y que estaba tan lejos.

El dormitorio en obras,
en crudo invierno...
Sábanas que mojaba con mis sueños,
de tristezas y de miedos.

Por caminos nevados, carreras, perseguidos
por aquel novicio,
que nos daba golpes con su correa, 
Correazos en las piernas, desnudas y tiernas,
de niños de diez primaveras.
Nevadas que ocultaban los caminos,
las carreteras.
Heladas que mostraban grandes chuzos,
cayendo de las tejas.

Tierra de Campos...campos bellos.
En primavera altos trigos, 
estallido de flores,
olores y sentidos.

Grandiosas dehesas, con reses bravas pastando,
con redondos y poblados palomares de aves
viajeras, que sobrevuelan sus campos.

Las comidas, en el refectorio,
con interrogantes en sus vajillas,
con la diaria lectura, entre ruido de cubiertos.

Lo mejor: cantar en el coro,
en la iglesia,
debajo de la torre “Lapicero,“
bien abiertos nuestros ojos,
de par en par,
ver a los niños con sus padres,
¡qué envidia, qué gozo y, más, qué tristeza!

¿Y pasear tranquilos,
sin la amenaza de aquella correa?

Un día, una niña, con la sonrisa en sus labios,
jugando en la acera,
me ofreció su rubia muñeca.

Niñez sin juguetes;
tardes invernales, tediosas, interminables,
de pipas y cacahuetes
para confortar estómagos tristes, vacíos.

Edad temprana para el insomnio; noches largas,
eternas,
carentes de cariños, abrazos y de besos.


Pero todo aquello quedó muy lejos...


viernes, 13 de julio de 2018

Carretera de Siguenza a Soria

Carretera de Sigüenza a Soria
Salgo de la ciudad,
atravieso las aceradas vías del tren,
camino de vidas inquietas.
A la izquierda, desde lo alto
de la ladera del monte,
Sigüenza, siempre bella y callada,
la Catedral, sus almenadas torres,
y maltrechas murallas del Castillo.
Las calles reptan empinadas cuestas.
Siguiendo para adelante, en la misma mano,
Séñigo, el torreón vigía,  ciego,
Diseminados por entre la hierba sus despojos,
rendidos al paso del tiempo, de la desidia.
Desde esa media cota se abre el cielo
a un frondoso y gran valle.
Serpentean los arroyos
sus rumores de antaño,
entre un calmo océano de trigales.
El monte acerca el horizonte,
entrecortado por verdes carrrascas
y arrugados encinares, donde se oyen cantos
nupciales de aves.

Dos hileras, rectas, de erguidos chopos,
perfilan la carretera, como si, más bien,
fueran márgenes de un callado río.
Sigo mi camino.
Ya de noche, con luna propicia, se perfilan  
las murallas del derruido
castillo de La Riba de Santiuste,
en figuras fantasmagóricas.
El eco del francés en sus muros.
De hinojos, como reverencia, el río Salado
que atravieso en mi caminar a Atienza.
A un lado, fruto del reposo al sol de sus aguas,
las salinas de Imón,
encasilladas en cuadrículas
blancas, como si parcelas urbanas en venta,
sin vida, fueran.
Y, al cabo, Atienza,
arriba, acariciando el cielo, llena de historia,
con sus iglesias y castillo en ruinas,
su torre, con orgullo, erguida.
Atalaya, ahora, en perdida lucha
contra la lluvia y los vientos.

viernes, 6 de julio de 2018

Caminos de Soria


                         Era la voz del viajero
                                                            que partió a lejanas tierras.

                                                                                                    A. Machado
 


Hoy he seguido los caminos que holló el maestro
Antonio Machado.
Su recuerdo y el aroma a pino me acompañan.
He dejado atrás Vinuesa.
Me he mirado en el espejo sombrío
de la Laguna Negra.     
He intentado, en vano, escrutar su fondo sin fin,
allí donde, según la fábula y el romance
del maestro, yacen los restos de Alvargonzález,
El agua, quieta, cobija su aciago misterio,
aún  estremecida,
como con dolor de madre.
Los pinos, silentes guardianes,
emulan en su hacer a los cipreses, 
forman filas de entierro y, con el viento,
entonan canto fúnebre.
El cielo, gris, no oculta la leyenda.
Todo clama realidad;
allá abajo, en las tinieblas
del agua, yace un muerto y… no descansa.


Aparte de leer poesía, tasmbién cantan canciones de su creación. En esta ocasión, una dedicada a Miguel Hernández.

Castillo de Sigüenza

Castillo de Sigüenza
Realizada por Antonio López Negredo