Aquella suave mañana de otoño
el olor de aligustre y rosas, en sus paseos,
fue vencido por el olor a muerto.
Largas zanjas cavadas dejaban al desnudo
cadáveres -aún vestidos como soldados,
algunos enteros, como dormidos en trágica
borrachera- las botas, huesos y harapos pútridos
Mis amigos y yo sabíamos de la guerra
que era algo más que un juego
pero nunca la habíamos tenido tan cerca;
calaveras, guerreras deshechas de miseria,
por la miseria imperecedera, la muerte.
No sabíamos, no supimos
los muertos de qué bando eran, cuál su bandera era.
Luego, pronto, supimos que la muerte
es la victoriosa de ésa y de todas las guerras.
(Del poemario "Sin hacer ruído")