INTRODUCCIÓN
No
voy a definir lo que, en muchas ocasiones, empieza por un cruce de miradas, más
o menos intenso, o duradero, un simple roce de manos, más o menos casual,
derivan en una atracción, que se va convirtiendo en pasión y desemboca en una
necesidad de estar, de permanencia, del querer vivir juntos. A esta necesidad,
la del deseo, la de la fuerte atracción física, le sigue el sentimiento, ya más
generoso, que llamamos amor.
Durante
la convivencia se ha ido conociendo más la pareja; salen a flote las
bondades y los defectos. Aquellas hacen más idílico el sentimiento. Los
defectos, cuando se llegan a descubrir, se justifican, se intentan aminorar en
su importancia y hasta, en cierto período fugaz, pueden, incluso, resultar
graciosos, interesantes, y puedan llegar a ser un acicate más para ver la vida en
común de color rosa.
El
amor, tan ligado a la Luna, también tiene fases. Los tiempos van marcando las
mareas de esas aguas, ora tranquilas, plácidas, ora turbulentas, de pasión
desenfrenada o, como Luna apagada por el eclipse del desamor, pasa a la
indiferencia, en la mayoría de las ocasiones y, cada vez más frecuentemente, a
un creciente rencor que va engrosándose con males de fondo, revistiéndose de un
odio desmedido que, desgraciada y cobardemente, llega a la tragedia.
El
ser “humano” el homínido erectus, cazador y cainita se revela así durante toda
su existencia, y, al contrario que otras especies, hiere y mata a sus
semejantes, fuertes o débiles, no le importa.
La
mujer, su compañera, imprescindible para que la humanidad exista y crezca, no ha
sido ni es ajena a la crueldad machista.
A
estos actos, con demasiada frecuencia, se los juzga, benévolamente, como de
enajenación mental, sin tener en cuenta que, para acometer esos actos, se
estrujan el cerebro para que sean eficaces y salir airosos ante la barbarie.
Para
los que, una vez que los han cometido, se suicidan, no les tengamos
sentimientos de piedad, pues ello es muestra de aquella consigna salvaje
de morir matando, aunque sea tan cobardemente.
Traigo
a este pequeño lugar los versos que durante un corto período de mi vida he ido
trazando, y publicando en mis tres libros anteriores a éste que tiene Ud.
estimado lector a la vista, como muestra de la admiración que la mujer me inspira, así como muestra de solidaridad y reconocimiento a ella.
También
algunos poemas dirigidos a cuando los sentimientos de amor se desvanecen, se
transforman, incluso, en odio, llegando a la misma destrucción.
Jorge
Torres
Capítulo I
ES EL AMOR
Y…
llegaste, colegiala
Vacío y soledad.
Sombras entre las sombras,
cielos sin estrellas, noches eternas,
lágrimas en la almohada.
Luz del final del túnel; uniforme con trenzas,
carreras sin fin, risas en cascada,
ojos, los luceros del alma.
Miradas a hurtadillas, miradas con sonrisa,
sonrisas con convite, sonrisas con tristeza;
son… risas por todo, risas por nada.
Pregunta en la mirada, respuesta sin palabras;
ojos que hablan, ojos que piden, boca que sacia.
Cuerpos que se buscan,
caricias bien llegadas.
Sentimientos encontrados, sentidos latentes,
piel
amada... Llegaste, colegiala.