Y tú, precisamente tú, te quejas
porque dices que les cuento más cosas
a mis amigas las negras hormigas.
Creo, sinceramente, que te sientes
celosa cuando me ves en el suelo
de rodillas hablando, jugando y maquinando
travesuras con ellas. No entiendes que proyecte
mi sombra sobre sus flacas figuras.
Te extrañas de que comparta nueces y avellanas
con nuestras vecinas las saltarinas ardillas.
Tú, precisamente tú, que te empeñas
en levantarte todas las noches para escuchar
a tu cómplice, la luna, y luego me lo cuentas,
callándote lo que a ti te interesa;
crees que me engañas; lo intentas, pero hay un lucero
que vuestras conversaciones me revela; noche
a noche, él os espía, y a través de tus sedas
por tus encantos él se cuela;
y éso, amor, éso a mi me duele
éso, amor, éso a mi... sí me desvela.
(Del poemario, "¡Ay, el amor!")