Se entretienen mis labios en los tuyos
que, sin querer huir, van descendiendo
por tu garganta y frágil cuello.
Recorren los torrentes de sangre de tus venas,
-caudal desmedido de pasión- ebrios
y sedientos descienden
y escalan los erizados montículos
de tus pechos; se recrean en ellos,
juguetones, formando algarabía en tu cuerpo.
Tu vientre, en vaivén descontrolado, es una súplica
que mis sentidos, hipnotizados, sí comprenden.
Se deslizan al vello enredado de tu sexo
y, por caminos sinuosos, hambrientos se pierden
en lucha salvaje con tu frenesí y loco desenfreno.
(De "Luces y tinieblas", cap.I, ¡Ay, el amor!)