( o, negros nubarrones)
Podría vadear un río de márgenes inimaginables,
caminar tranquilo por una estrecha y elevada cornisa
o correr por ella a más de cien millas. por segundo.
Pudiera, quizá, envenenarme con mucho de alcohol metílico,
o bien, pudiera vigilar las musarañas que desfilan atrevidas
por mi cuarto, sin ningún respeto al frío.
Podría hacer un crucero por un campo de trigo
y besar a las amapolas, e invitarlas a viajar conmigo. Podría,
podría, caminar cualquier camino,
con el polvo en mis cejas y mil nudos en mi ombligo.
Podría acompañar a las mariposas en sus transcontinentales
vuelos,
cortarme las alas de mis devaneos, o hacer eco a las lúdicas
cigarras
indignadas del estío. Podría contar cuentos sin cuento,
reclamar derechos,
sin respeto a lo ajeno.
Podría desafiar, como Don Quijote, a mis, nuestros, enemigos,
hoy más altos y altaneros por las palas que mueven los
vientos.
Podría escalar cipreses y gritar, gritar al cielo con
lúgubre plañido,
con dolor, sin remordimiento,
o tumbarme en las tumbas, a su sombra, o esconderme en los
nichos,
a su abrigo.
Podría morder a las ratas, inoculándolas mis turbios
pensamientos,
o liberar los trinos de los presos ruiseñores
y apresar a los insaciables banqueros en sus cajas fuertes,
rebosantes de sus lingotes de oro y de las miserias de sus
deudores.
Volar, podría, por los negros nubarrones que llenan mis
vacíos,
llenos de dudosos presagios, cada vez más ciertos, por lo
incierto.