Hoy, ¡Santo Cielo! he visto a aquella
muchacha; sí, aquella muchacha
de encantos inexplorados, hoy ya conquistados
-colonizado su bendito vientre-
pues está preñada, rotundamente preñada
-como luna llena- su capa abierta a la brisa
que la acaricia.
Solo han pasado tres años desde que la viera
por vez primera e hiciera de musa
en mi poema Belleza cruel.
Es más exuberante su belleza
ahora, y no es cruel pues ama y es amada.
Al pasar cerca de mi he quedado ensimismado;
mis ojos resbalan -con pudicia- por su grávido
talle, su semblante y sus cabellos
resplandecientes, sus pechos turgentes,
prometedores de inagotable y delicioso
néctar. Su mirada, aún inocente,
la ha fijado en mi mirar de abuelo –todavía
a la espera de serlo-
y me ha sonreído –sin conocerme- con cara
de mamá, de joven e ilusionada mamá,
con esa bendición
en su vientre de mujer.
He retirado mi mirada,
me he vuelto de espaldas, pues dos jubilosas lágrimas
han resbalado por mi rostro.
Aquella belleza, que yo presumía de cruel,
está a la espera de ser una bella mamá.
(Del poemario "Sin hacer ruido")
