MEMORIAS DE NIÑEZ,
LAS QUE RECUERDO Y QUIERO RECORDAR
Capítulo I
Guadalajara, 1947.
Era el plácido atardecer de uno de los primeros días de Junio. No hacía mucho calor, por lo que aquellas
mujeres estaban sentadas en sus sillas, a la sombra de la elevada pared que
cerraba el patio del cuartel de la guardia civil.
Las mujeres de los guardias charlaban animadamente, mientras
sus manos daban vueltas y más vueltas a los hilos que guiaban sus agujas, con
asombrosa agilidad y rapidez, entre sus telas y lanas.
Por el centro de la calle, un
hombretón, con muchas copas de más en su cuerpo, bajaba dando tumbos; sus
piernas parecían buscar un sitio para apoyar sus pies en el suelo, de tierra,
de la empinada calle Alvarfáñez de Minaya.
La visera de una gorra, posiblemente de
militar, le caía desde la frente tapándole los ojos, que sólo se le veían
cuando su cabeza daba giros de cucaña sobre su poderoso cuello echado hacia
atrás. Su camisa, abierta, dejaba ver un bosque de vello que tapaba por completo
su torso.
De sus labios colgaba una sucia y
mojada colilla, sin acabar de apagarse, cuyo humo apartaba, de vez en vez, de
un lento manotazo muy cerca de su nariz, nariz enorme y morada, como si de una
morcilla se tratara.
También tenía dimensiones
espectaculares su miembro viril que, fuera del pantalón, lanzaba chorros de
orín, con parecido y sincronizado movimiento al de la cabeza, describiendo
sobre el suelo líneas interminables. Mientras, tarareaba una canción, con
música y letra ininteligibles que, como final de estrofa, siempre era una
blasfemia.
Sus ropas tenían manchas oscuras y
blanquecinas, estas últimas en la chaqueta, tipo guerrera, seguramente de estar recostado
sobre una pared de yeso o de cal. La chaqueta y los pantalones tenían “sietes”
por doquier. Las botas, de número elevado, de media caña, sobresalían de los
pantalones, remangados hasta la altura de las, también, velludas espinillas.
Las mujeres habían saltado, como
por resortes, hacia la amplia puerta de la casa cuartel; a algunas de ellas se las adivinaba, ya en
sus casas, en las ventanas, detrás de las persianas, observando los desmanes
del iracundo y borracho individuo.
Éste había soltado una estruendosa y grosera carcajada,
haciendo más ostentación de su pene, dirigiéndolo, apuntando, como si de un
arma de fuego se tratara, hacia la ovalada y elevada puerta, por donde habían
huido las ocho o diez mujeres, que habían abandonado sus sillas en la
mitad de la calle. Algunas de las sillas
volaban varios metros a consecuencia de los puntapiés que el beodo
las propinaba.
Había parecido interminable la escena, sin embargo, todo
transcurrió en escasos segundos.
Se iban apagando las voces de aquel energúmeno,
al que nunca más volví a ver, que desaparecía
por la curva que conducía al camino del cementerio.
Bordeando ese camino, abajo, en la hondonada, se
encontraba la explanada del cuartel,
donde, casi de continuo, se oía la corneta y los tambores acompañando, en su
desfilar, a la tropa .
La tarde iba así muriendo, dejando su quehacer a las
escasas y lánguidas luces que alumbraban las noches del Guadalajara de 1947.
(Continuará)
(Continuará)