Salgo de la ciudad,
atravieso las aceradas vías
del tren,
camino de vidas inquietas.
A la izquierda, desde lo
alto, Sigüenza,
siempre bella y callada,
almenadas torres de la Catedral
y maltrechas murallas del
Castillo
-lugares comunes, postales
mil veces repetidas-
Las calles reptan empinadas
cuestas.
Más adelante, en la misma
mano,
Séñigo, el torreón vigía, ciego,
diseminados entre la hierba
sus despojos,
rendidos al paso del tiempo y
la desidia.
Desde esa media cota se abre
el cielo
a un frondoso y gran valle.
Serpentean los arroyos
sus rumores de antaño,
entre un calmo océano de
trigales.
El monte acerca el horizonte,
entrecortado por viejas
carrrascas,
arrugados encinares donde se
oyen cantos
nupciales de aves.
Dos hileras rectas de
erguidos chopos
perfilan la carretera, como
si, más bien,
fueran las márgenes de un callado río .
Sigo mi camino.
Ya de noche, con luna
propicia, se perfilan
las murallas del derruído
castillo de La Riba de
Santiuste,
en figuras fantasmagóricas
-el eco del francés en sus muros-
De hinojos, en reverencia, el río Salado,
que cruzo en mi caminar a
Atienza.
A un lado, fruto del reposo
al sol de sus aguas,
las salinas de Imón,
encasilladas en cuadrículas
blancas, como si parcelas urbanas
en venta,
sin vida, fueran.
Y, al cabo, Atienza,
arriba, acariciando el cielo,
llena de historia
con sus iglesias e inhiesta torre del castillo,
atalaya ahora sólo en lucha
contra la lluvia y los
vientos.
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