El otoño luchaba contra el temprano invierno,
perdiendo la partida.
Era una mañana fría
muy fría, gélida, de Sigüenza,
Las nubes habían teñido de noche el día.
El aire clavaba la lluvia en nuestras mejillas.
El pinar, mientras, nos regalaba con aroma
de tierra y plantas mojadas;
tomillo y romero y, también, resina.
Las copas de los pinos
nos saludaban silbando,
se inclinaban con el viento,
al alocado paso de nuestras correrías.
El castillo, entonces en ruinas,
nos miraba extrañado;
no se creía tanta alegria,
en día tan ventoso y frío.
Confundidos con los silbidos
que los pinos emitían, nos llegaron... ¿lloros...
y gritos...? Corrimos hacia el camino
que las ramas cubrían.
No lejos, una mujer,
desafiando a los elementos,
se dirigía hacia el, no lejano, cementerio.
Apenas en falda y camisa,
llevando una pequeña caja
del color de las astillas.
Subía entre dolor, quejidos y los sollozos.
A su niña, muerta, iba hablando, la acariciaba,
la chillaba, la susurraba, gritaba al cielo.
A nosotros nos ignoraba; no nos veía...
De un resbalón caía a tierra;
en el suelo abrazaba aquella pequeña caja;
la acariciaba, la besaba,
mientras, desgarradoramente,
“mi pobre niña”, decía...temblando.
Jorge, espero estés bien, cuídate mucho amigo, siempre un placer leerte. Saludos.
ResponderEliminarEste poema transmite
ResponderEliminarmuy bien el dolor de una madre
ante la pérdida de su hija.
Un abrazo muy grande Jorge.
Te dejo un abrazo que mitigue el dolor de todas las pérdidas. Si eso fuese posible...
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