Padre, han transcurrido ya
cuarenta años
que tu sonrisa se ausentó. También, tu palabra...
Aún me siento huérfano, como
un niño,
como si fuera, casi, un
desvalido indefenso.
Sigo todas las noches mi
rito: beso tu
fotografía, y un Padre
nuestro. Luego cierro
los ojos, sigo viendo tu
imagen, hasta que
las lágrimas la emborronan…
entonces, me duermo..
Hay noches que me acompañas
en mi moto Vespa,
o en tu seiscientos, con el
techo abollado... ¡Aquella
con mi silencio, hasta ahora,
cuando lo publico.
Tantas veces que por ella
paso ahora, cuento
a mis hijos y nietos que la
tomaste en recto.
"Si papá, si abuelo,
siempre que pasamos nos
dices lo mismo"
"Digo lo mismo pues no os
miento"
les contesto, y de mi pesadez ni me arrepiento
ni propósito de la enmienda;
mil veces vaya...
Sin embargo, cuando duermen las noches en mi
casa... "Abuelo, cuenta
lo de tu padre y la curva"
Nunca termino la narración,
pues se han dormido.
Y tu, padre, me sonríes y me
envías un guiño.
Nos seguimos entendiendo...
Te sigo queriendo,
padre.
Hoy, también, cumpleaños de
mi esposa a la que felicito y deseo cumpla muchos más, felizmente.
Aquel negro y triste sábado.
EN MEMORIA
Perdóneseme el atrevimiento,
pues
el dolor y el amor no tienen pudor.
Ayer,
un día muy triste, para mi lo fue. Se cumplían treinta y seis años de que una
larga intervención quirúrgica terminara con la vida de uno de mis seres más
queridos: mi padre.
Se
nos dieron garantías de éxito total, “nada que temer”. Así que
apenas le despedimos ¿para qué? ¿para causarle preocupación? cuando
entraba en quirófano, un viernes de dolor.
Se
iba con sonrisa cariñosa y enigmática.
¿Es que, quizá, sabía lo que iba a ocurrir?
De
madrugada oímos voces nerviosas, pedian sangre, carreras por los pasillos
interiores, nervios…y a nosotros nos invadió el miedo, el pánico, de que
ocurriera algo que no esperábamos; se nos garantizó éxito por el cirujano…
Horas
interminables, un silencio extraño.
Nos
dicen que pasemos solo dos a la UCI; mi
madre en primer lugar. Al poco tiempo sale descompuesta, llorando.
Entro,
veo a mi padre roto por dentro, cables, tubos máquinas. En su cara el reflejo
del dolor más intenso. Le tomo una mano,
la más libre que yo veo, me la retira, con quejido y rostro descompuesto. No
puedo reprimir el llanto que arroja lágrimas a sus hombros descubiertos.
Le
lleno su frente de besos, son besos suaves, cautelosos por no ocasionarle
dolor, daños.
Mis
besos son los últimos. No me lo creo. Y él está sufriendo...consciente, está a
un paso de la odiosa muerte.
Dolor
en mis entrañas, mareo, náuseas
contenidas, espanto.
Salgo
de aquella sala de torturas. Mi familia,
mi madre, hermanas y yo, con los corazones oprimidos, soportamos, incrédulos,
el fatal desamparo.
Nos
quedamos solos, huérfanos de nuestro amado padre. A las siete y media de la
mañana, de un Sábado negro, salíamos del
hospital.
Y
ese Sábado, negro, mi mujer cumplía años. Una vez más la grotesca y cruel
muerte empañaba la alegría de mis ojos cansados.
Hoy,
aun lejana en el tiempo, recuerdo, con
nostálgica sonrisa, aquella repetida
frase por mi hijo menor: “No te ayas abeito, está pibido” mientras extendía sus bracitos, intentando
evitar que mi padre saliera de nuestra casa, cuando venía a visitarnos.
Hoy,
un día más, con alegría, pero con gran nudo en la garganta, felicito a Carmen , mi mujer, por su nuevo cumpleaños,
uno más, y muchos más que cumplirá, así se lo deseo.
Jorge, amigo, que puedo decirte? Hay mucho amor y dolor en tus letras. Desde aqui te acompaño en esos instantes de recuerdos. Se que no lo olvidaras jamas porque el se quedo en tu sentir. En silencio te mando saludos.
ResponderEliminar