No era verdad, me has mentido;
a ti te has engañado.
Me he desasido de tus largas,
huesudas manos.
Mi corazón late con la alegría,
la esperanza de antaño.
Dos meses, muchos días,
creyendo estar bajo tu odioso yugo;
vuelvo a sonreír, suspiro por cosas triviales,
pienso, creo, en un futuro lejano.
Veo, otra vez, la vida
bella, con atractivos y sin pena, con nuevos
bríos. No estoy cansado;
con felicidad miro
a los míos, sin adiós en mis labios.
Ahora las noches son menos negras,
menos de túnel, menos de caverna;
la noche es más azul y tiene luna y estrellas,
y me duermen, me arrullan, me consuelan.
No, no te digo adiós porque no puedo,
ahí estás tú, siempre afanando dichas,
siempre borrando sonrisas,
siempre llenando sepulturas.
Te diré hasta la vista,
si es que, sin que náuseas me provoques,
verte puedo.
Y, cuando se presente la hora, antes de mirarte,
antes, los ojos cierro, después, muero.
Un buen rescate creo yo.
ResponderEliminarNadie merece vivir sin una sonrisa
de felicidad.
Un abrazo muy grande
Magnífico poema! Un abrazo
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