Dedicado a los cirujanos, médicos,
enfermeras y auxiliares, del Hospital
de la Princesa, en Madrid,
que han tratado recientemente
a mi mujer
Enfrente de mi casa,
justo enfrente de donde vivo,
hay un gran edificio, en sus fachadas
muchas ventanas,
decenas de ventanas, por fachada.
Es un hospital, un gran hospital,
la ciudad de los enfermos.
Escandalosas sirenas de las ambulancias
invaden el silencio de las noches,
se yerguen sobre el leve murmullo de los días.
Ir y venir de gentes presurosas.
Su andar trasciende los sentimientos, los preludios
de la muerte.
A veces, los pañuelos se dirigen
a unos ojos húmedos, de incontinencia trágica,
de triste y perdida mirada.
Salas de espera llenas,
consultas, urgencias, batas blancas, monos verdes,
máscaras, pañuelos a lo pirata.
Sillas con ruedas, botellas colgando,
bolsas, líquidos que fluyen.
Camillas, con mismas botellas, bolsas.
Ascensores que suben y bajan, nunca llegan...
tal es la impaciencia. Trasiego ininterrumpido.
Diagnósticos por rayos X, láser nucleares.
“Coja su turno” y filas largas de tres dígitos,
extracciones de sangre, mililitros, centílitros,
que suman, suman, suman litros y enfermedades.
Rostros macilentos, dolor, dolores
en todos los géneros y todas las edades.
Ojeras cavernosas, marrones, casi negras.
Pañuelos femeninos ocultando
crueles calvas que no debieran haber crecido.
La fe, la esperanza como últimos asideros.
Las ventanas, día y noche, guardan el silencio.
Enfermeras, auxiliares, pastillas, sonrisas
que arrancan otras que se creían imposibles.
Quirófanos, mesas de
acero,
frías como las luces que iluminan sus cuerpos.
Ojos escrutadores,
manos expertas, precisas,
el bisturí no tiembla.
Química, oxígeno, ciencia,
monitores enchufados a cuerpos desnudos,
rasurados, abiertos, órganos esparcidos,
al aire. A la muerte se la frena o se derrota
o, inexorablemente, triunfa.
Morfina el dolor
disminuye,
Puertas autómatas que cierran encarnizada
lucha entre la vida y la muerte, muerte, MUERTE,
siempre presente y amenazadora.
Vidas que zozobran, ciencia, éxitos,
fracasos. Esperas interminables pendientes
de puertas que siempre se cierran y, pareciera,
nunca se abren. Emociones, nervios desbocados.
Cuando las luces se apagan presagio batallas
perdidas…
Ya la luna recorta su enorme corpulencia,
su escasa luz acrecienta el misterio,
el dolor que guardan sus paredes.
Cuando el sol alcanza sus muros hace creer
renacer la vida, despierta
la esperanza.
Querido Jorge deseo de corazón
ResponderEliminarque tu mujer haya superado
ese trance.A tu lado se
recuperará rápido.
Mil besos para los dos
Que bien describes el hospital en tus letras......aqui estoy dejándote mis saludos.
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