Apenas llaman la atención,
es que ya
nos tienen acostumbrados
a sus fanfarrias y mentiras,
pues así llevan varios años.
Son los liberados,
estómagos agradecidos
huestes con cayados,
que nunca han trabajado.
Chillan, escupen sus maldades,
y, aunque viejos, el odio
les da las energías.
A mí, como a otros muchos,
me molestan todos los días
con viejas notas, rotas por la ira.
Vociferan consignas
que un barbudo cano,
de vez en cuando,
les propicia en folios
manchados por algunas líneas.
Es su quehacer cotidiano.
Así cumplen con su amo,
su sindicato,
su sustento de toda la vida,
el renacer de tropelías,
como hijos mal criados.
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