A todas las mujeres víctimas
de celos y desamor.
Siempre -a cualquier hora, fuera del día,
de la noche- empezaba a tronar la misma voz,
escupiendo alcohol, cascada rota,
- trallazos de metal contra metal-
Al lado de nuestra casa el infierno,
habitaba el diablo; así de cruel y sanguinario.
Golpes de objetos contra las paredes,
contra el suelo,
vidrios rotos, sollozos, lamentos confundidos
con quejidos, gritos y más sollozos.
Más golpes, blasfemias, quejidos.
Luego, después del terror de los gritos,
el terror, más profundo e incierto, del silencio...
Mirábamos a la pared que nos separaba,
queriendo adivinar,
buscando la silueta de aquella pobre mujer,
pidiendo que aún, ya, no estuviera muerta.
Él había cerrado, con un portazo brutal,
la pesada puerta, con sus pasos alejándose
se iban silenciando sus maldiciones.
Tenues ayes nos confirmaban supervivencia,
de una amarga, desesperanzada y vida cruel .
Un día, después de los golpes, al final, no hubo
más lamentos, ni sollozos, ni ayes... sí silencio;
silencio denso, rasgado por una sirena
de ambulancia, ya innecesaria.
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