Después del tiempo
transcurrido,
ya no tienes aquel bello
rostro, ni aquel talle
que, tan a la disposición,
todos deseaban
amarrar a sus brazos.
Tampoco tus ojos tienen,
aunque su destello
aún perdure, aquel contorno
liso,
y tus ojeras se han quedado
con un color
nazareno, casi muerto.
Tu boca y tus labios, en
ejercicio perpetuo,
sobrevivientes al naufragio,
aún invitan a albergar en
ellos lances de amor.
Y sigues siendo igual de
caprichosa,
cariñosa y generosa con tu
cuerpo y los de los demás.
Nunca te acaban de saciar,
recibes
siempre menos que das.
Te sabes, te llaman, tonta
y otras cosas. Y… ¡Qué más da!
te da exactamente igual,
al menos, aunque sea por muy
breves momentos,
evitas la soledad total.
.
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