Era la voz del viajero
que partió a lejanas tierras.
A. Machado
Hoy he seguido caminos
que holló el maestro
Antonio Machado.
Su recuerdo y el aroma
de los pinos
acompañan mi andadura.
He dejado atrás Vinuesa.
Me he mirado
en el espejo oscuro
de la Laguna Negra.
He intentado escrutar
su fondo sin fin,
allí donde, según la fábula
y el romance del
maestro,
yacen los restos de
un padre
vilmente asesinado
por la codicia y envidia
de dos de sus hijos,
Alvargonzález.
El agua, quieta, cobija
su aciago misterio,
aún estremecida,
como con dolor de madre.
Los pinos,
silentes guardianes,
emulan en su quehacer
a los cipreses,
forman filas de entierro
y, con el viento,
entonan canto fúnebre.
El cielo, gris,
no oculta la leyenda.
Todo clama realidad;
allá abajo,
en las tinieblas del agua,
yace un muerto y… no descansa.
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