Perdóneseme el atrevimiento, pues
el dolor y el amor no tienen pudor.
Ayer,
un día muy triste, para mi lo fue. Se cumplían treinta y seis años de que una
larga intervención quirúrgica terminara con la vida de uno de mis seres más
queridos: mi padre.
Se
nos dieron garantías de éxito total, “nada que temer”. Así que
apenas le despedimos ¿para qué? ¿para causarle preocupación? cuando
entraba en quirófano, un viernes de dolor.
Se
iba con sonrisa cariñosa y enigmática.
¿Es que, quizá, sabía lo que iba a ocurrir?
De
madrugada oímos voces nerviosas, pedian sangre, carreras por los pasillos
interiores, nervios…y a nosotros nos invadió el miedo, el pánico, de que
ocurriera algo que no esperábamos; se nos garantizó éxito por el cirujano…
Horas
interminables, un silencio extraño.
Nos
dicen que pasemos solo dos a la UCI; mi
madre en primer lugar. Al poco tiempo sale descompuesta, llorando.
Entro,
veo a mi padre roto por dentro, cables, tubos máquinas. En su cara el reflejo
del dolor más intenso. Le tomo una mano,
la más libre que yo veo, me la retira, con quejido y rostro descompuesto. No
puedo reprimir el llanto que arroja lágrimas a sus hombros descubiertos.
Le
lleno su frente de besos, son besos suaves, cautelosos por no ocasionarle
dolor, daños.
Mis
besos son los últimos. No me lo creo. Y él está sufriendo...consciente, está a
un paso de la odiosa muerte.
Dolor
en mis entrañas, mareo, náuseas
contenidas, espanto.
Salgo
de aquella sala de torturas. Mi familia,
mi madre, hermanas y yo, con los corazones oprimidos, soportamos, incrédulos,
el fatal desamparo.
Nos
quedamos solos, huérfanos de nuestro amado padre. A las siete y media de la
mañana, de un Sábado negro, salíamos del
hospital.
Y
ese Sábado, negro, mi mujer cumplía años. Una vez más la grotesca y cruel
muerte empañaba la alegría de mis ojos cansados.
Hoy,
aun lejana en el tiempo, recuerdo, con
nostálgica sonrisa, aquella repetida
frase por mi hijo menor: “No te ayas abeito, está pibido” mientras extendía sus bracitos, intentando
evitar que mi padre saliera de nuestra casa, cuando venía a visitarnos.
Hoy,
un día más, con alegría, pero con gran nudo en la garganta, felicito a Carmen , mi mujer, por su nuevo cumpleaños,
uno más, y muchos más que cumplirá, así se lo deseo.
Una pérdida así, inesperada causa infinito dolor es comprensible que siga imborrable en tu recuerdo.
ResponderEliminarAbrazos y besos para tí y para Carmen.
La pérdida de nuestros seres queridos es dolorosa siempre, pero verlos sufrir la hace más dura aún.
ResponderEliminarUn abrazo enorme para ti y para Carmen.
Un triste recuerdo de tu padre amigo, muchas veces hasta la cirugía más simple puede dar una fea sorpresa, felicidades para tu esposa y que la tengas por muchos años más. Un abrazo feliz fin de semana.
ResponderEliminarJorge...que triste recuerdo leo hoy en tus leras que ante mis ojos lloran por la perdida a pesar del tiempo pasado...... Saludos y fuerte abrazo amigo.
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