viernes, 21 de septiembre de 2018

Aquel negro y triste sábado.

        


 EN MEMORIA
                                                                         
  Perdóneseme el atrevimiento,  pues el dolor y el amor no tienen pudor.
                                                                         
Ayer, un día muy triste, para mi lo fue. Se cumplían treinta y seis años de que una larga intervención quirúrgica terminara con la vida de uno de mis seres más queridos: mi padre.
Se nos dieron garantías de éxito total, “nada que temer”.  Así que  apenas le despedimos ¿para qué? ¿para causarle preocupación? cuando entraba en quirófano, un viernes de dolor.
Se iba con sonrisa cariñosa y enigmática.  ¿Es que, quizá, sabía lo que iba a ocurrir?
De madrugada oímos voces nerviosas, pedian sangre, carreras por los pasillos interiores, nervios…y a nosotros nos invadió el miedo, el pánico, de que ocurriera algo que no esperábamos; se nos garantizó éxito por el cirujano…
Horas interminables,  un silencio extraño.
Nos dicen que pasemos solo dos a la UCI;  mi madre en primer lugar. Al poco tiempo sale descompuesta, llorando.
Entro, veo a mi padre roto por dentro, cables, tubos máquinas. En su cara el reflejo del dolor más intenso.  Le tomo una mano, la más libre que yo veo, me la retira, con quejido y rostro descompuesto. No puedo reprimir el llanto que arroja lágrimas a sus hombros descubiertos.
Le lleno su frente de besos, son besos suaves, cautelosos por no ocasionarle dolor, daños.
Mis besos son los últimos. No me lo creo. Y él está sufriendo...consciente, está a un paso de la odiosa muerte.
Dolor en mis entrañas, mareo,  náuseas contenidas, espanto.
Salgo de aquella sala de torturas.  Mi familia, mi madre, hermanas y yo, con los corazones oprimidos, soportamos, incrédulos, el fatal desamparo.
Nos quedamos solos, huérfanos de nuestro amado padre. A las siete y media de la mañana, de un Sábado  negro, salíamos del hospital.
Y ese Sábado, negro, mi mujer cumplía años. Una vez más la grotesca y cruel muerte empañaba la alegría de mis ojos cansados.

Hoy, aun lejana en el tiempo,  recuerdo, con nostálgica sonrisa, aquella  repetida frase por mi hijo menor: “No te ayas abeito, está pibido”   mientras extendía sus bracitos, intentando evitar que mi padre saliera de nuestra casa, cuando venía a visitarnos.
Hoy, un día más, con alegría, pero con gran nudo en la garganta, felicito a  Carmen , mi mujer, por su nuevo cumpleaños, uno más, y muchos más que cumplirá, así se lo deseo.

 

Madrid, 20 de Enero de 2016

4 comentarios:

  1. Una pérdida así, inesperada causa infinito dolor es comprensible que siga imborrable en tu recuerdo.

    Abrazos y besos para tí y para Carmen.

    ResponderEliminar
  2. La pérdida de nuestros seres queridos es dolorosa siempre, pero verlos sufrir la hace más dura aún.
    Un abrazo enorme para ti y para Carmen.

    ResponderEliminar
  3. Un triste recuerdo de tu padre amigo, muchas veces hasta la cirugía más simple puede dar una fea sorpresa, felicidades para tu esposa y que la tengas por muchos años más. Un abrazo feliz fin de semana.

    ResponderEliminar
  4. Jorge...que triste recuerdo leo hoy en tus leras que ante mis ojos lloran por la perdida a pesar del tiempo pasado...... Saludos y fuerte abrazo amigo.

    ResponderEliminar


Aparte de leer poesía, tasmbién cantan canciones de su creación. En esta ocasión, una dedicada a Miguel Hernández.

Castillo de Sigüenza

Castillo de Sigüenza
Realizada por Antonio López Negredo