Entonces... yo era un niño más,
asomado a mi ciudad, a sus ruinas.
Mis ojos, inocentes, como los de los niños,
solo llegaban a ver casas hundidas, “rotas”,
como si hubieran estado así toda la vida.
Algunas, que mantenían sus muros en pie,
los cristales de sus ventanas hechos pedazos.
Dentro, espacios huecos, a la intemperie, invadidos
por la maleza, disimulando la tragedia.
Los tiestos con plantas secas, marchitas,
a juego con todo lo de su entorno
Las calzadas de las calles de tierra rojiza...
Los mayores, la mirada baja. Algunos, muchos,
la familia y el alma destrozadas.
Los inviernos eran de crudo frío,
dentro y fuera de las casas...
más frío con estómagos vacíos,
silenciando, con dolor, sus quejidos.
La guerra había pasado y se notaba su huella
de canalla, sangrienta, cruel,
y destructiva fiera.
UN POEMA QUE NO NECESITA ILUSTRACIÓN ALGUNA. TUS LETRAS VAN REVELANDO IMÁGENES DE SOLEDAD.
ResponderEliminarABRAZOS
Terrible experiencia la de la posguerra... Supongo que poder sacar de dentro parte de ella en palabras es en cierto modo terapéutico.
ResponderEliminarGracias por hacerte verso de forma tan bella.
Un abrazo enorme y agradecido.