Hemos tomado el tren urbano
U-bahn que nos trasladará del Berlín Oeste al “Democrático”.
Los vagones son algo
vetustos; pinturas y asientos un tanto rancios.
Los viajeros, ancianos y
niños en su inmensa mayoría, llevan la tristeza hospedada en sus ojos.
Tras un fugaz pitido parte
el tren. Son las 16 horas, algo tarde, pues tendremos que volver antes de la
medianoche; así lo exige nuestro visado.
Tras unos minutos el tren
reduce la velocidad. Va reptando ahora entre los muros sórdidos que tapian otros caminos, otras vías, posiblemente, a la libertad.
De trecho en trecho, en las
paredes del túnel, garitas con potentes focos, guardias metralleta en mano, tocados
con el extraño casco que les prestara su
temido nombre a quienes los portaban: “Vopo”.
Los viajeros permanecen en
silencio tenso, también cuando, una vez parado el tren, salen, salimos, sin prisa al vacío andén. Un
letrero anuncia Friedrichstrasse -las paredes y techo alicatados con plaquetas
color hueso-
Dos o tres guardias, tocados
con grandes gorras plato, blandiendo
largas y amenazantes porras, esperan para formar en filas a los viajeros, ya
con su documentación en la mano.
Dentro de garitas, -una a
cada lado y otra en el centro del pasillo-otros guardias examinan
escrupulosamente, visados , permisos…
Luego confrontan fotografías
con los rostros, que nos hacen girar para ver los dos perfiles y de
frente…
Suena una voz, suena como un
trallazo, una orden, suponemos, pues hay un ligero y sumiso movimiento de la
gente, entre la que nos encontramos.
Iniciamos, con alivio, la
subida de escalones que nos separan de la calle.
La pobre luz de los faroles,
un tanto distanciados, apenas puede atravesar una fina y heladora capa de
niebla.
Los viajeros, siempre sin
decir palabra alguna, se van dispersando, ahora aprisa, en todas direcciones, se
pierden en la oscuridad.
Difícilmente se pueden
distinguir el brillo de las vías del tranvía sobre la mojada calzada de
adoquines. Seguimos su curso hasta una parada; el letrero anuncia Alexanderplatz
unas paradas más adelante. Esperamos.
Al cabo de unos minutos se
oye el ruido metálico acercarse, después del chirriar de los frenos se abre la
puerta de acceso.
El tranvía va casi vacío, por
suerte, tres jovencitas de unos veinte
años están muy cerca, hablan, ríen, nos observan; a mí cómo busco monedas para la máquina expendedora de billetes.
Una de ellas se me acerca y
mira las monedas que mantengo en la palma de mi mano abierta; son D-Mark; no
los admite la máquina; ella saca unos Pfennigs que introduce, y me extiende el
ticket,con una sonrisa que devuelvo, agradecido.
En la oscuridad de la noche,
arriba en el cielo, vemos, como si una nebulosa fuera, la redondez iluminada de
la torre de comunicaciones Fernsehturm, la
más alta de Europa, y cerca un rascacielos,
el Park Inn Hotel Berlín, el
edificio más alto del Berlín de entonces.
Es nuestra parada, también la de las jovencitas,
las cedemos el paso, nos sonríen
agradecidas y en mi escaso inglés les ofrezco un cigarrillo, un Marlboro.
Al ver la cajetilla, saltan de gozo –como niñas ante una golosina- diciendo,
“American, american”, cogen los cigarrillos y, viendo su alegría, a una de
ellas le entrego una cajetilla, sin empezar, que llevo en mi bolso. Me la
aceptan entre risas nerviosas y alegres. Nos despedimos dándonos la mano, y se
alejan entre más risas.
Alexanderplatz es un lugar amplio, la torre en el
centro. A uno de sus lados hay tiendas en cuyos escaparates se ven prendas de
piel, de abrigo.
Algunos grupos de viandantes que se dirigen al hotel
llevan parecidas prendas, tocados con gorros rusos de astrakán.
Por las calles que rodean la plaza, de vez en cuando, pasa algún
coche, medianos de tamaño los menos y otros, la gran mayoría, los Trabant, familiar y cariñosamente
conocidos como los Trabbi, por su precio, los más accesibles para la clase
media de los berlineses del Este.
Los coches pasaban con su ruido de motor
característico, motor de 2 tiempos, y una pequeña nube blanca saliendo de su
tubo de escape por el ambiente frio, helador.
Anduvimos un buen rato, vimos edificios, bellos
monumentos, que nos hicieron volver durante varios años, aprovechando mis
visitas a la Cébit de Hannover y el haber hecho una amistad en el Berlín
Oriental, en esa misma noche.
Debajo del Hotel de la plaza, en una cafetería, saboreamos buena cerveza, por supuesto,
alemana.
Volvimos esa misma noche, recorriendo el trayecto
en tranvía, con los mismos faroles clavados, más que en mi vista, en el alma,
tal era la tristeza que desprendían. En el metro, las tinieblas del horror del
telón de acero.

Jorge .." Viaje a la oscuridad "
ResponderEliminarEscribes con letras que atrapan para seguir leyendo tu relato.
¡¡ muy interesante !!
Recibe mis saludos desde Argentina