VII
En una mañana preciosa de finales de Julio llegábamos mi madre y yo, en tren, a Sigüenza.
La ciudad del Doncel es una de las más bonitas de nuestra
bella y, antes y ahora, maltratada España.
El paseo de la estación, a sus lados, dos filas de árboles, donde los pájaros, con
sus trinos, nos saludaban dándonos la bienvenida.
Cruzábamos el puente sobre el río Henares y el caz del molino. En el caz
nadaban con majestuosidad unas elegantes y enormes ocas, rodeadas de
escandalosos patos que también festejaban nuestra llegada.
En ambas orillas del paseo, los segadores, acabada su faena,
descansaban del duro trabajo; tumbados en el suelo unos, sentados otros, daban buena cuenta de sus
viandas colocadas sobre sus
mantas, y del vino que, en fino hilo, se deslizaba a sus bocas desde las más o
menos elevadas botas que apretaban con fuerza. Otros preparaban sus escasos
enseres para el regreso a su tierra.
Inmediatamente, a nuestra izquierda, la frondosa alameda. Siguiendo
más adelante iniciábamos la subída de una empinada e interminable cuesta.
Mujeres y hombres nos miraban, con admiración a mi madre; era
muy guapa -qué raro aún no lo había dicho-. También mi padre era de buen ver y
alto, aunque ya lucía una incipiente
calva. Era fuerte, muy fuerte.
En una plaza una hermosa fuente con un machón de
piedra cuadrangular en el centro; de cada una de sus cuatro caras salía un
enorme chorro de agua. Por sendos caños las mujeres, desde la orilla con unas
especies de cañas metálicas, conducían el agua a sus cubos y botijos que
reposaban sobre el borde del pilón.
Los hombres sujetaban a sus mulas y caballos que abrevaban
en el enorme pilón, a rebosar de fresca y transparente agua. Las mujeres
hablaban en pequeños corros mientras nos miraban abiertamente, sin disimular.
Por el lado izquierdo de la calle, por el interior de la
acera, nos iba acompañando la muralla; unos metros más arriba, una puerta en arco muy alta dejaba paso al
recinto amurallado – antes a caballeros en sus alazanes montados-.
Nos acercábamos a la
casa alquilada por mis padres, muy cerca del castillo, que apesar de estar en
ruinas, sus muros y torres, en pie, se elevaban orgullosos de la historia que
dentro guardaban.
Me parecía estar en otro país o en otro siglo; aquí también
había ruinas pero sus piedras doradas resplandecían con el sol, evocando otros
tiempos más gloriosos, sin duda.
Y, por fin, nuestra casa.
Era grande, la fachada de piedras labradas, del mismo color
que las del castillo. Tenía dos pisos, dos patios, pozo muy profundo en uno de ellos, . También tenía cuadra y alto, o desván, donde se guardaba el
trigo, el grano de la cosecha.
La casa era tan grande que por las noches no me quería ir a
mi dormitorio; me daba miedo y, alguna vez, me ensuciaba encima, de las
rabietas que cogía.
Nuestra nueva vivienda, y la calle donde estaba situada, eran
completamente diferentes a las de Guadalajara, que era un tanto oscura,
interior, solo daba a un patio -por donde entró el criado ladrón- y estaban prácticamente rodeadas de escombros ocasionados por la guerra.
La de Sigüenza estaba en casi todo lo alto, muy cerquita del
castillo, desde donde se podía divisar todo el hermoso paisaje. Era soleada, tenía balcones a la calle. El
portal tenía las paredes revestidas de azulejos multicolores, tipo Talavera, un
banco adosado a cada lateral, chapados con los mismos azulejos.
Me acordaba de Teresa y María que se habían quedado en
Guadalajara. Sobre todo de Teresa; le hubiera
gustado mucho mi nueva casa. Más a María…¡la pobre!, que vivía casi, casi, en
una cuadra; como su madre le decía a su marido:“ Me tienes viviendo en una
cuadra”... seguro que, acto seguido, el marido, al oír ese reproche, le
propinaría otra paliza, llamándola borracha.
Subiendo poco más la cuesta se podían ver los primeros
árboles del grandioso pinar que se extiende hasta perderse de vista.
A pocos metros, en una explanada, una pequeña construcción,
redonda y de ladrillo rojo, permanecía aislada; luego me enteraría que era el
polvorín.
Más cerca que el polvorín se posaban unos pájaros enormes,
emitiendo fuertes graznidos; los buitres buscaban su sustento en el cercano
matadero, los despojos al aire, vertidos a un barranco. Nunca había visto
pájaros tan grandes y feos, con largos picos y largos y despeluchados cuellos.
En éste, nuestro barrio, las casas eran de parecidas
características; todas tenían cuadras e, incluso, corrales donde guardaban a sus animales.
Los sábados, los alrededores se llenaban de ganado pero,
sobre todo, en la gran feria de Diciembre; era cuando venían feriantes de
muchos sitios de España, con sus ovejas, cerdos, vacas, toros –algún semental-
mulas, caballos; todo tipo de ganado.
Mis amigos y yo nos feriábamos una vara y una boina y
“actuábamos” de tratantes durante esos días.
Además de la vara y la boina, también nos comprábamos una navaja para cortar el chorizo que, durante la feria, pedíamos a nuestras madres nos lo dieran en trozo, para cortarlo nosotros apoyándolo en el pan, al uso y forma de los mayores.
Además de la vara y la boina, también nos comprábamos una navaja para cortar el chorizo que, durante la feria, pedíamos a nuestras madres nos lo dieran en trozo, para cortarlo nosotros apoyándolo en el pan, al uso y forma de los mayores.
Los ganaderos ocupaban las posadas, los que no cabían dormían
con sus ganados en los corrales.
A la mayoría de los hombres se les veía sacar de sus fajas,
anchas y negras, que rodeaban con varias vueltas sus vientres, más o menos
voluminosos, navajas que parecían cuchillos, y que al abrirlas sonaban como si
fueran carracas.
También de esas fajas extraían abultados fajos de billetes,
que contaban mojándose los dedos con saliva en los labios entreabiertos. Aunque con billetes pagaran, se hablaba
siempre en reales, más que en duros y
pesetas. Rebaños enteros cambiaban de dueño, tras largos regateos. A los
caballos, mulas y asnos les miraban los dientes para saber su edad, cifrada en años.
Alguna vez se oyó decir que habían asaltado a un ganadero para
robarle el dinero que había logrado de
la venta de sus reses, pero no era
frecuente que ésto ocurriera.
Al terminar la feria e irse los ganaderos, unos sin ganado,
otros con el recién adquirido, la ciudad volvía a su vida normal, aunque ya las cercanas fiestas navideñas la imprimían aires de cierta animación; se veía
a las mujeres de tiendas, con bolsas más abultadas de lo normal.
Y con el sorteo de navidad se iniciaban las fiestas, apesar
de que nunca cayera ningún premio.
Mi querido Jorge, ni qué decir tiene que conociéndote tus padres tenían que ser guapos y fuertes. A veces creo que hay personas que hacen que cualquier lugar resulte irresistible porque saben mirarlo con los ojos del corazón. Sin duda tú eres una de esas personas capaces de convertir en oro, todo lo que miran, amén de que Sigüenza es sin duda una ciudad maravillosa en sí misma. No olvidar las raíces supongo que es parte de ese encanto que te hace tan especial.
ResponderEliminarUn abrazo inmenso.
Gracias amigo Jorge.
EliminarPero, supongo que la historia, no ha terminado.
Espero que cuentes nuestros paseos a la estación y cuando tu padre nos montaba en aquella camioneta que tenia.
Por cierto. Te envío un buena foto del polvorín. Al atardecer, que es más espectacular .
Un abrazo.
Antoniop/Seguntino
Querido Jorge no cabe duda que amas Sigüenza,
ResponderEliminarsus calles, sus gentes y su paisaje. Has reflejado en tus palabras esa llegada a la ciudad, con tanto cariño y admiración hacia tus padres que emociona.
Estoy segura que la buena persona que eres te viene de ellos.
Un abrazo muy grande.
UNA MUY BONITA Y NOSTÁLGICA EVOCACIÓN.
ResponderEliminarUN ABRAZO