Mujer, tú eres poesía

Mujer, tú eres poesía

miércoles, 20 de noviembre de 2013

Collage de fotografías del Berlín Oriental.

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Viaje a la oscuridad


Hemos tomado el tren urbano U-bahn que nos trasladará del Berlín Oeste al “Democrático”.
Los vagones son algo vetustos; pinturas y asientos un tanto rancios.
Los viajeros, ancianos y niños en su inmensa mayoría, llevan la tristeza hospedada en sus ojos.
Tras un fugaz pitido parte el tren. Son las 16 horas, algo tarde, pues tendremos que volver antes de la medianoche; así lo exige nuestro visado.
Tras unos minutos el tren reduce la velocidad. Va reptando ahora entre los muros sórdidos que  tapian otros caminos, otras vías, posiblemente, a la libertad.
De trecho en trecho, en las paredes del túnel, garitas con potentes focos, guardias metralleta en mano, tocados con  el extraño casco que les prestara su temido nombre a quienes los portaban: “Vopo”.
Los viajeros permanecen en silencio tenso, también cuando, una vez parado el tren,  salen, salimos, sin prisa al vacío andén. Un letrero anuncia Friedrichstrasse -las paredes y techo alicatados con plaquetas color hueso-
Dos o tres guardias, tocados con grandes gorras plato,  blandiendo largas y amenazantes porras, esperan para formar en filas a los viajeros, ya con su documentación en la mano.
Dentro de garitas, -una a cada lado y otra en el centro del pasillo-otros guardias examinan escrupulosamente, visados , permisos…
Luego confrontan fotografías con los rostros, que nos hacen girar para ver los dos perfiles y de frente…
Suena una voz, suena como un trallazo, una orden, suponemos, pues hay un ligero y sumiso movimiento de la gente, entre la que nos encontramos.
Hemos pasado nuestro  turno de revista, con el alma encogida, como con una roca dentro del estómago.
Iniciamos, con alivio, la subida de escalones que nos separan de la calle.
La pobre luz de los faroles, un tanto distanciados, apenas puede atravesar una fina y heladora capa de niebla.
Los viajeros, siempre sin decir palabra alguna, se van dispersando, ahora aprisa, en todas direcciones, se pierden en la oscuridad.
Difícilmente se pueden distinguir el brillo de las vías del tranvía sobre la mojada calzada de adoquines. Seguimos su curso hasta una parada; el letrero anuncia Alexanderplatz  unas paradas más adelante. Esperamos.
Al cabo de unos minutos se oye el ruido metálico acercarse, después del chirriar de los frenos se abre la puerta de acceso.
El tranvía va casi vacío, por suerte,  tres jovencitas de unos veinte años están muy cerca, hablan, ríen, nos observan; a mí cómo busco monedas  para la máquina expendedora de billetes.
Una de ellas se me acerca y mira las monedas que mantengo en la palma de mi mano abierta; son D-Mark; no los admite la máquina; ella saca unos Pfennigs que introduce, y me extiende el ticket,con una sonrisa que devuelvo, agradecido.
En la oscuridad de la noche, arriba en el cielo, vemos, como si una nebulosa fuera, la redondez iluminada de la torre de comunicaciones  Fernsehturmla más alta de Europa, y  cerca un rascacielos, el Park Inn Hotel Berlín, el edificio más alto del Berlín de entonces.
Es nuestra parada, también la de las jovencitas, las cedemos el paso, nos sonríen  agradecidas y en mi escaso inglés les ofrezco un cigarrillo, un Marlboro. Al ver la cajetilla, saltan de gozo –como niñas ante una golosina- diciendo, “American, american”, cogen los cigarrillos y, viendo su alegría, a una de ellas le entrego una cajetilla, sin empezar, que llevo en mi bolso. Me la aceptan entre risas nerviosas y alegres. Nos despedimos dándonos la mano, y se alejan entre más risas.
Alexanderplatz es un lugar amplio, la torre en el centro. A uno de sus lados hay tiendas en cuyos escaparates se ven prendas de piel, de abrigo.
Algunos grupos de viandantes que se dirigen al hotel llevan parecidas prendas, tocados con gorros rusos de astrakán.
Por las calles que  rodean la plaza, de vez en cuando, pasa algún coche, medianos de tamaño los menos y otros, la gran mayoría, los Trabant, familiar y cariñosamente conocidos como los Trabbi, por su precio, los más accesibles para la clase media de los berlineses del Este.
Los coches pasaban con su ruido de motor característico, motor de 2 tiempos, y una pequeña nube blanca saliendo de su tubo de escape por el ambiente frio, helador.
Anduvimos un buen rato, vimos edificios, bellos monumentos, que nos hicieron volver durante varios años, aprovechando mis visitas a la Cébit de Hannover y el haber hecho una amistad en el Berlín Oriental, en esa misma noche.
Debajo del Hotel de la plaza, en una cafetería,  saboreamos buena cerveza, por supuesto, alemana.

Volvimos esa misma noche, recorriendo el trayecto en tranvía, con los mismos faroles clavados, más que en mi vista, en el alma, tal era la tristeza que desprendían. En el metro, las tinieblas del horror del telón de acero.

Durante la lectura en el Centro Cultural "Pablo Iglesias" de Alcobendas

Aparte de leer poesía, tasmbién cantan canciones de su creación. En esta ocasión, una dedicada a Miguel Hernández.

Castillo de Sigüenza

Castillo de Sigüenza
Realizada por Antonio López Negredo