Mujer, tú eres poesía

Mujer, tú eres poesía

miércoles, 13 de noviembre de 2013

Fotografía del Castillo de Sigüenza, hoy Parador Nacional, realizada por Antonio López Negredo.


Dedico a Antonio López Negredo este último capítulo que cuelgo en la red de “Memorias de niñez”, mi apreciado amigo desde cuando todo esto pasaba. Él es seguntino, ferviente enamorado de su ciudad, a la que pinta de hermosos colores con su cámara fotográfica, desde el aire y con los pies en tierra.

                                                
                                                                 VII

En una mañana preciosa de finales de Julio  llegábamos mi madre y yo, en tren, a Sigüenza.
La ciudad del Doncel es una de las más bonitas de nuestra bella y, antes y ahora, maltratada España.
El paseo de la estación, a sus lados,  dos filas de árboles, donde los pájaros, con sus trinos, nos saludaban dándonos la bienvenida.
Cruzábamos el puente sobre el río  Henares y el caz del molino. En el caz nadaban con majestuosidad unas elegantes y enormes ocas, rodeadas de escandalosos patos que también festejaban nuestra llegada.
En ambas orillas del paseo, los segadores, acabada su faena, descansaban del duro trabajo; tumbados en el suelo unos,  sentados otros, daban buena cuenta de sus viandas colocadas  sobre sus mantas, y del vino que, en fino hilo, se deslizaba a sus bocas desde las más o menos elevadas botas que apretaban con fuerza. Otros preparaban sus escasos enseres para el regreso a su tierra.
Inmediatamente, a nuestra izquierda, la frondosa alameda. Siguiendo más adelante iniciábamos la subída de una empinada e interminable cuesta.
Mujeres y hombres nos miraban, con admiración a mi madre; era muy guapa -qué raro aún no lo había dicho-. También mi padre era de buen ver y alto, aunque ya lucía  una incipiente calva. Era fuerte, muy fuerte.
En una plaza una hermosa fuente con un machón de piedra cuadrangular en el centro; de cada una de sus cuatro caras salía un enorme chorro de agua. Por sendos caños las mujeres, desde la orilla con unas especies de cañas metálicas, conducían el agua a sus cubos y botijos que reposaban sobre el borde del pilón.
Los hombres sujetaban a sus mulas y caballos que abrevaban en el enorme pilón, a rebosar de fresca y transparente agua. Las mujeres hablaban en pequeños corros mientras nos miraban abiertamente, sin disimular.
Por el lado izquierdo de la calle, por el interior de la acera, nos iba acompañando la muralla; unos metros más arriba,  una puerta en arco muy alta dejaba paso al recinto amurallado – antes a caballeros en sus alazanes montados-.
 Nos acercábamos a la casa alquilada por mis padres, muy cerca del castillo, que apesar de estar en ruinas, sus muros y torres, en pie, se elevaban orgullosos de la historia que dentro guardaban.
Me parecía estar en otro país o en otro siglo; aquí también había ruinas pero sus piedras doradas resplandecían con el sol, evocando otros tiempos más gloriosos, sin duda.
Y, por fin, nuestra casa.
Era grande, la fachada de piedras labradas, del mismo color que las del castillo. Tenía dos pisos, dos patios, pozo muy profundo en uno de ellos, . También tenía cuadra y alto, o desván, donde se guardaba el trigo, el grano de la cosecha.
La casa era tan grande que por las noches no me quería ir a mi dormitorio; me daba miedo y, alguna vez, me ensuciaba encima, de las rabietas que cogía.
Nuestra nueva vivienda, y la calle donde estaba situada, eran completamente diferentes a las de Guadalajara, que era un tanto oscura, interior, solo daba a un patio -por donde entró el criado ladrón- y estaban prácticamente rodeadas de escombros ocasionados por la guerra.
La de Sigüenza estaba en casi todo lo alto, muy cerquita del castillo, desde donde se podía divisar todo el hermoso paisaje.  Era soleada, tenía balcones a la calle. El portal tenía las paredes revestidas de azulejos multicolores, tipo Talavera, un banco adosado a cada lateral, chapados con los mismos azulejos.
Me acordaba de Teresa y María que se habían quedado en Guadalajara. Sobre todo  de Teresa; le hubiera gustado mucho mi nueva casa. Más a María…¡la pobre!, que vivía casi, casi, en una cuadra; como su madre le decía a su marido:“ Me tienes viviendo en una cuadra”... seguro que, acto seguido, el marido, al oír ese reproche, le propinaría otra paliza, llamándola borracha.
Subiendo poco más la cuesta se podían ver los primeros árboles del grandioso pinar que se extiende hasta perderse de vista.
A pocos metros, en una explanada, una pequeña construcción, redonda y de ladrillo rojo, permanecía aislada; luego me enteraría que era el polvorín.
Más cerca que el polvorín se posaban unos pájaros enormes, emitiendo fuertes graznidos; los buitres buscaban su sustento en el cercano matadero, los despojos al aire, vertidos a un barranco. Nunca había visto pájaros tan grandes y feos, con largos picos y largos y despeluchados cuellos.
En éste, nuestro barrio, las casas eran de parecidas características; todas tenían cuadras e, incluso, corrales donde guardaban a sus animales.
Los sábados, los alrededores se llenaban de ganado pero, sobre todo, en la gran feria de Diciembre; era cuando venían feriantes de muchos sitios de España, con sus ovejas, cerdos, vacas, toros –algún semental- mulas, caballos; todo tipo de ganado.
Mis amigos y yo nos feriábamos una vara y una boina y “actuábamos” de tratantes durante esos días.
Además de la vara y la boina, también nos comprábamos una navaja para cortar el chorizo que, durante la feria, pedíamos a nuestras madres nos lo dieran en trozo, para cortarlo nosotros apoyándolo en el pan, al uso y forma de los mayores.
Los ganaderos ocupaban las posadas, los que no cabían dormían con sus ganados en los corrales.
A la mayoría de los hombres se les veía sacar de sus fajas, anchas y negras, que rodeaban con varias vueltas sus vientres, más o menos voluminosos, navajas que parecían cuchillos, y que al abrirlas sonaban como si fueran  carracas.
También de esas fajas extraían abultados fajos de billetes, que contaban mojándose los dedos con saliva en los labios entreabiertos.  Aunque con billetes pagaran, se hablaba siempre en reales, más que en duros y  pesetas. Rebaños enteros cambiaban de dueño, tras largos regateos. A los caballos, mulas y asnos les miraban los dientes para saber su edad, cifrada en años.
Alguna vez se oyó decir que habían asaltado a un ganadero para robarle el dinero que  había logrado de la venta de sus reses,  pero no era frecuente que ésto ocurriera.
Al terminar la feria e irse los ganaderos, unos sin ganado, otros con el recién adquirido, la ciudad volvía a su vida normal, aunque ya las cercanas fiestas navideñas la imprimían aires de cierta animación; se veía a las mujeres de tiendas, con bolsas más abultadas de lo normal.
Y con el sorteo de navidad se iniciaban las fiestas, apesar de que  nunca cayera ningún premio.

                        

Durante la lectura en el Centro Cultural "Pablo Iglesias" de Alcobendas

Aparte de leer poesía, tasmbién cantan canciones de su creación. En esta ocasión, una dedicada a Miguel Hernández.

Castillo de Sigüenza

Castillo de Sigüenza
Realizada por Antonio López Negredo