Mujer, tú eres poesía

Mujer, tú eres poesía

lunes, 4 de noviembre de 2013

Memorias de niñez, las que recuerdo y quiero recordar




                                                                   II


Entonces

Entonces...yo era un niño más, 
asomado a las ruinas de mi ciudad.
Mis ojos, inocentes, como los de los niños,
solo llegaban a ver casas hundidas, “rotas”,
como si hubieran estado así toda la vida.

Algunas, que mantenían sus muros en pié,
los  cristales  de  sus ventanas hechos pedazos.
Dentro, espacios huecos, a la intemperie, invadidos
por la maleza, ocultan la tragedia.

Los tiestos con plantas secas, marchitas,
a juego con todo lo de su entorno.
Las calzadas de las calles de tierra rojiza...

Los mayores, la mirada baja. Algunos, muchos,
la familia y el alma destrozadas.

Los inviernos eran de crudo frío,
dentro y fuera de las casas...
más frío con estómagos vacíos,
silenciando, con dolor, sus quejidos.

La guerra había pasado y se notaba su huella
de canalla, sangrienta, cruel,
y destructiva fiera.

 

 

Una vez acabada la guerra, mis padres decidieron quedarse en España, aunque ambos habían militado en la CNT   -plenos de ideales, tan utópicos como honestos-  nada temían porque nada habían hecho que pudiera comprometerles.
Habían optado por salir de Madrid, porque mi padre creyó, supongo que con buen criterio, que podría ganarse la vida de una forma más fácil fuera de la capital, al menos, estaría menos presente el hambre en ciudades de menor población.
Y eligieron Guadalajara por su cercanía a Madrid, donde vivía toda la familia de mi madre.
Guadalajara, como otras muchas ciudades y pueblos españoles, era un solar de escombros; todos los barrios tenían casas hundidas. La casa inmediata a la mía, Alvarfáñez de Minaya, número 9. donde mi familia y yo vivíamos, estaba completamente en ruinas.
Debajo de nuestro piso, en un medio sótano,  vivía una familia; madre e hija se llamaban Maria.
La mujer y el marido estaban siempre en continuas peleas; gritos y golpes. Los efectos de estos últimos la pobre María, a la que él llamaba borracha, los lucía con rubor cuando salía a la calle, siempre despeinada su cabellera negra, con los ojos muy grandes, enrojecidos, y gruesos labios, que dejaban asomar el hueco de su boca, apenas con alguna pieza.
Su hija, María, era de mi misma edad, y amiga mía; jugábamos en la  casa hundida al escondite.
Juntos comíamos el “paniquesillo” que caía de las cercanas acacias.
 Mi “amor”, mi primer amor, por aquellos tiempos, era una chica que vivía en una casa con huerta que había justo donde empezaba el camino al cementerio, enfrente del campo donde los militares hacían instrucción, en el fondo del barranco.
 Recuerdo la puerta verde enrejada de su huerto, como el verde de las manzanas que colgaban de sus árboles y que, de vez en cuando, me regalaba alguna que yo comía  en su compañía. Tenía muchos árboles frutales. A su sombra pasábamos muchas tardes, que a mi se me hacían muy cortas.
Se llamaba Teresa,  su bella imagen me acompañó mucho tiempo. Con mucha tristeza el día que, un  año más tarde, de la mano de mi madre, dejábamos Guadalajara para ir a vivir a Sigüenza.
Con nosotros vivió durante unos días mi abuelo Manuel, padre del mío; sólo recuerdo de él que, una tarde de tormenta, me cobijó en sus brazos y me quitó el miedo a los relámpagos y truenos, contándome un cuento, a la luz de una lámpara de pié, de cuya pantalla pendían hilos relucientes verdes, a juego con otra que colgaba del techo.
Años después vería parecidas a esas  lámparas  en las películas del Oeste, en algún “Salón” donde bailaban el Can Can unas chicas rubias, muy llamativas y alegres.
Mi padre se desplazaba a diario, en bicicleta, a Trijueque, casi destruido durante la reciente guerra, donde trabajaba  de albañil. No sé el tiempo que estaría haciendo ese tremendo esfuerzo; levantarse de madrugada, trabajar durante el día, hasta la caída del sol, y volver a casa pedaleando.
 Después estuvo trabajando de vendedor ambulante; en la bicicleta llevaba un maletín con muestras. Una de ellas me llenó de ilusión; era una pelota pequeña, forrada de paño blanco; no había visto nada que me gustara tanto. Al poco tiempo, mi padre me la regaló. No sé si en aquellos tiempos podría vender alguna; no eran tiempos en los que jugara al tenis mucha gente...
Durante unos días, no sé cuantos, mi padre no apareció por casa. Mi madre estaba nerviosa y asustada, no sabía qué le podía haber pasado.
Un día llamaron a la puerta, salió mi madre corriendo a abrirla; una pareja de la Guardia Civil , citándole su nombre, le preguntaron si era ella. 
(Continuará)

Durante la lectura en el Centro Cultural "Pablo Iglesias" de Alcobendas

Aparte de leer poesía, tasmbién cantan canciones de su creación. En esta ocasión, una dedicada a Miguel Hernández.

Castillo de Sigüenza

Castillo de Sigüenza
Realizada por Antonio López Negredo