Mujer, tú eres poesía

Mujer, tú eres poesía

miércoles, 27 de noviembre de 2013

Hambruna


¡Niño, niño mío!
¿Por qué, por qué te eché a este mundo?
¿Por qué mis carnes se abrieron?
¿Por qué consentí en aquel goce?
¿Fue, quizá, el amor pecado?

¿Por qué te castiga Dios?
¿Por qué mis pechos secos,
ni poderte dar bocado?

¿Por qué estas tierras yermas,
por qué, por qué sólo
regadas por el sudor de tu padre,
mi sudor, y mis lágrimas?

Hijo mío, me maldigo.
¡Maldito sea mi vientre!
¡Maldito sea mi cuerpo!
¡Maldita sea mi vida!

¡Maldita, maldita, maldita!
¡Mil veces sea maldita!

Ven, ven a mis brazos,
corazón mío,
que si tu mueres,
morir quiero contigo.

miércoles, 20 de noviembre de 2013

Collage de fotografías del Berlín Oriental.

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Viaje a la oscuridad


Hemos tomado el tren urbano U-bahn que nos trasladará del Berlín Oeste al “Democrático”.
Los vagones son algo vetustos; pinturas y asientos un tanto rancios.
Los viajeros, ancianos y niños en su inmensa mayoría, llevan la tristeza hospedada en sus ojos.
Tras un fugaz pitido parte el tren. Son las 16 horas, algo tarde, pues tendremos que volver antes de la medianoche; así lo exige nuestro visado.
Tras unos minutos el tren reduce la velocidad. Va reptando ahora entre los muros sórdidos que  tapian otros caminos, otras vías, posiblemente, a la libertad.
De trecho en trecho, en las paredes del túnel, garitas con potentes focos, guardias metralleta en mano, tocados con  el extraño casco que les prestara su temido nombre a quienes los portaban: “Vopo”.
Los viajeros permanecen en silencio tenso, también cuando, una vez parado el tren,  salen, salimos, sin prisa al vacío andén. Un letrero anuncia Friedrichstrasse -las paredes y techo alicatados con plaquetas color hueso-
Dos o tres guardias, tocados con grandes gorras plato,  blandiendo largas y amenazantes porras, esperan para formar en filas a los viajeros, ya con su documentación en la mano.
Dentro de garitas, -una a cada lado y otra en el centro del pasillo-otros guardias examinan escrupulosamente, visados , permisos…
Luego confrontan fotografías con los rostros, que nos hacen girar para ver los dos perfiles y de frente…
Suena una voz, suena como un trallazo, una orden, suponemos, pues hay un ligero y sumiso movimiento de la gente, entre la que nos encontramos.
Hemos pasado nuestro  turno de revista, con el alma encogida, como con una roca dentro del estómago.
Iniciamos, con alivio, la subida de escalones que nos separan de la calle.
La pobre luz de los faroles, un tanto distanciados, apenas puede atravesar una fina y heladora capa de niebla.
Los viajeros, siempre sin decir palabra alguna, se van dispersando, ahora aprisa, en todas direcciones, se pierden en la oscuridad.
Difícilmente se pueden distinguir el brillo de las vías del tranvía sobre la mojada calzada de adoquines. Seguimos su curso hasta una parada; el letrero anuncia Alexanderplatz  unas paradas más adelante. Esperamos.
Al cabo de unos minutos se oye el ruido metálico acercarse, después del chirriar de los frenos se abre la puerta de acceso.
El tranvía va casi vacío, por suerte,  tres jovencitas de unos veinte años están muy cerca, hablan, ríen, nos observan; a mí cómo busco monedas  para la máquina expendedora de billetes.
Una de ellas se me acerca y mira las monedas que mantengo en la palma de mi mano abierta; son D-Mark; no los admite la máquina; ella saca unos Pfennigs que introduce, y me extiende el ticket,con una sonrisa que devuelvo, agradecido.
En la oscuridad de la noche, arriba en el cielo, vemos, como si una nebulosa fuera, la redondez iluminada de la torre de comunicaciones  Fernsehturmla más alta de Europa, y  cerca un rascacielos, el Park Inn Hotel Berlín, el edificio más alto del Berlín de entonces.
Es nuestra parada, también la de las jovencitas, las cedemos el paso, nos sonríen  agradecidas y en mi escaso inglés les ofrezco un cigarrillo, un Marlboro. Al ver la cajetilla, saltan de gozo –como niñas ante una golosina- diciendo, “American, american”, cogen los cigarrillos y, viendo su alegría, a una de ellas le entrego una cajetilla, sin empezar, que llevo en mi bolso. Me la aceptan entre risas nerviosas y alegres. Nos despedimos dándonos la mano, y se alejan entre más risas.
Alexanderplatz es un lugar amplio, la torre en el centro. A uno de sus lados hay tiendas en cuyos escaparates se ven prendas de piel, de abrigo.
Algunos grupos de viandantes que se dirigen al hotel llevan parecidas prendas, tocados con gorros rusos de astrakán.
Por las calles que  rodean la plaza, de vez en cuando, pasa algún coche, medianos de tamaño los menos y otros, la gran mayoría, los Trabant, familiar y cariñosamente conocidos como los Trabbi, por su precio, los más accesibles para la clase media de los berlineses del Este.
Los coches pasaban con su ruido de motor característico, motor de 2 tiempos, y una pequeña nube blanca saliendo de su tubo de escape por el ambiente frio, helador.
Anduvimos un buen rato, vimos edificios, bellos monumentos, que nos hicieron volver durante varios años, aprovechando mis visitas a la Cébit de Hannover y el haber hecho una amistad en el Berlín Oriental, en esa misma noche.
Debajo del Hotel de la plaza, en una cafetería,  saboreamos buena cerveza, por supuesto, alemana.

Volvimos esa misma noche, recorriendo el trayecto en tranvía, con los mismos faroles clavados, más que en mi vista, en el alma, tal era la tristeza que desprendían. En el metro, las tinieblas del horror del telón de acero.

miércoles, 13 de noviembre de 2013

Fotografía del Castillo de Sigüenza, hoy Parador Nacional, realizada por Antonio López Negredo.


Dedico a Antonio López Negredo este último capítulo que cuelgo en la red de “Memorias de niñez”, mi apreciado amigo desde cuando todo esto pasaba. Él es seguntino, ferviente enamorado de su ciudad, a la que pinta de hermosos colores con su cámara fotográfica, desde el aire y con los pies en tierra.

                                                
                                                                 VII

En una mañana preciosa de finales de Julio  llegábamos mi madre y yo, en tren, a Sigüenza.
La ciudad del Doncel es una de las más bonitas de nuestra bella y, antes y ahora, maltratada España.
El paseo de la estación, a sus lados,  dos filas de árboles, donde los pájaros, con sus trinos, nos saludaban dándonos la bienvenida.
Cruzábamos el puente sobre el río  Henares y el caz del molino. En el caz nadaban con majestuosidad unas elegantes y enormes ocas, rodeadas de escandalosos patos que también festejaban nuestra llegada.
En ambas orillas del paseo, los segadores, acabada su faena, descansaban del duro trabajo; tumbados en el suelo unos,  sentados otros, daban buena cuenta de sus viandas colocadas  sobre sus mantas, y del vino que, en fino hilo, se deslizaba a sus bocas desde las más o menos elevadas botas que apretaban con fuerza. Otros preparaban sus escasos enseres para el regreso a su tierra.
Inmediatamente, a nuestra izquierda, la frondosa alameda. Siguiendo más adelante iniciábamos la subída de una empinada e interminable cuesta.
Mujeres y hombres nos miraban, con admiración a mi madre; era muy guapa -qué raro aún no lo había dicho-. También mi padre era de buen ver y alto, aunque ya lucía  una incipiente calva. Era fuerte, muy fuerte.
En una plaza una hermosa fuente con un machón de piedra cuadrangular en el centro; de cada una de sus cuatro caras salía un enorme chorro de agua. Por sendos caños las mujeres, desde la orilla con unas especies de cañas metálicas, conducían el agua a sus cubos y botijos que reposaban sobre el borde del pilón.
Los hombres sujetaban a sus mulas y caballos que abrevaban en el enorme pilón, a rebosar de fresca y transparente agua. Las mujeres hablaban en pequeños corros mientras nos miraban abiertamente, sin disimular.
Por el lado izquierdo de la calle, por el interior de la acera, nos iba acompañando la muralla; unos metros más arriba,  una puerta en arco muy alta dejaba paso al recinto amurallado – antes a caballeros en sus alazanes montados-.
 Nos acercábamos a la casa alquilada por mis padres, muy cerca del castillo, que apesar de estar en ruinas, sus muros y torres, en pie, se elevaban orgullosos de la historia que dentro guardaban.
Me parecía estar en otro país o en otro siglo; aquí también había ruinas pero sus piedras doradas resplandecían con el sol, evocando otros tiempos más gloriosos, sin duda.
Y, por fin, nuestra casa.
Era grande, la fachada de piedras labradas, del mismo color que las del castillo. Tenía dos pisos, dos patios, pozo muy profundo en uno de ellos, . También tenía cuadra y alto, o desván, donde se guardaba el trigo, el grano de la cosecha.
La casa era tan grande que por las noches no me quería ir a mi dormitorio; me daba miedo y, alguna vez, me ensuciaba encima, de las rabietas que cogía.
Nuestra nueva vivienda, y la calle donde estaba situada, eran completamente diferentes a las de Guadalajara, que era un tanto oscura, interior, solo daba a un patio -por donde entró el criado ladrón- y estaban prácticamente rodeadas de escombros ocasionados por la guerra.
La de Sigüenza estaba en casi todo lo alto, muy cerquita del castillo, desde donde se podía divisar todo el hermoso paisaje.  Era soleada, tenía balcones a la calle. El portal tenía las paredes revestidas de azulejos multicolores, tipo Talavera, un banco adosado a cada lateral, chapados con los mismos azulejos.
Me acordaba de Teresa y María que se habían quedado en Guadalajara. Sobre todo  de Teresa; le hubiera gustado mucho mi nueva casa. Más a María…¡la pobre!, que vivía casi, casi, en una cuadra; como su madre le decía a su marido:“ Me tienes viviendo en una cuadra”... seguro que, acto seguido, el marido, al oír ese reproche, le propinaría otra paliza, llamándola borracha.
Subiendo poco más la cuesta se podían ver los primeros árboles del grandioso pinar que se extiende hasta perderse de vista.
A pocos metros, en una explanada, una pequeña construcción, redonda y de ladrillo rojo, permanecía aislada; luego me enteraría que era el polvorín.
Más cerca que el polvorín se posaban unos pájaros enormes, emitiendo fuertes graznidos; los buitres buscaban su sustento en el cercano matadero, los despojos al aire, vertidos a un barranco. Nunca había visto pájaros tan grandes y feos, con largos picos y largos y despeluchados cuellos.
En éste, nuestro barrio, las casas eran de parecidas características; todas tenían cuadras e, incluso, corrales donde guardaban a sus animales.
Los sábados, los alrededores se llenaban de ganado pero, sobre todo, en la gran feria de Diciembre; era cuando venían feriantes de muchos sitios de España, con sus ovejas, cerdos, vacas, toros –algún semental- mulas, caballos; todo tipo de ganado.
Mis amigos y yo nos feriábamos una vara y una boina y “actuábamos” de tratantes durante esos días.
Además de la vara y la boina, también nos comprábamos una navaja para cortar el chorizo que, durante la feria, pedíamos a nuestras madres nos lo dieran en trozo, para cortarlo nosotros apoyándolo en el pan, al uso y forma de los mayores.
Los ganaderos ocupaban las posadas, los que no cabían dormían con sus ganados en los corrales.
A la mayoría de los hombres se les veía sacar de sus fajas, anchas y negras, que rodeaban con varias vueltas sus vientres, más o menos voluminosos, navajas que parecían cuchillos, y que al abrirlas sonaban como si fueran  carracas.
También de esas fajas extraían abultados fajos de billetes, que contaban mojándose los dedos con saliva en los labios entreabiertos.  Aunque con billetes pagaran, se hablaba siempre en reales, más que en duros y  pesetas. Rebaños enteros cambiaban de dueño, tras largos regateos. A los caballos, mulas y asnos les miraban los dientes para saber su edad, cifrada en años.
Alguna vez se oyó decir que habían asaltado a un ganadero para robarle el dinero que  había logrado de la venta de sus reses,  pero no era frecuente que ésto ocurriera.
Al terminar la feria e irse los ganaderos, unos sin ganado, otros con el recién adquirido, la ciudad volvía a su vida normal, aunque ya las cercanas fiestas navideñas la imprimían aires de cierta animación; se veía a las mujeres de tiendas, con bolsas más abultadas de lo normal.
Y con el sorteo de navidad se iniciaban las fiestas, apesar de que  nunca cayera ningún premio.

                        

lunes, 4 de noviembre de 2013

Memorias de niñez, las que recuerdo y quiero recordar




                                                                   II


Entonces

Entonces...yo era un niño más, 
asomado a las ruinas de mi ciudad.
Mis ojos, inocentes, como los de los niños,
solo llegaban a ver casas hundidas, “rotas”,
como si hubieran estado así toda la vida.

Algunas, que mantenían sus muros en pié,
los  cristales  de  sus ventanas hechos pedazos.
Dentro, espacios huecos, a la intemperie, invadidos
por la maleza, ocultan la tragedia.

Los tiestos con plantas secas, marchitas,
a juego con todo lo de su entorno.
Las calzadas de las calles de tierra rojiza...

Los mayores, la mirada baja. Algunos, muchos,
la familia y el alma destrozadas.

Los inviernos eran de crudo frío,
dentro y fuera de las casas...
más frío con estómagos vacíos,
silenciando, con dolor, sus quejidos.

La guerra había pasado y se notaba su huella
de canalla, sangrienta, cruel,
y destructiva fiera.

 

 

Una vez acabada la guerra, mis padres decidieron quedarse en España, aunque ambos habían militado en la CNT   -plenos de ideales, tan utópicos como honestos-  nada temían porque nada habían hecho que pudiera comprometerles.
Habían optado por salir de Madrid, porque mi padre creyó, supongo que con buen criterio, que podría ganarse la vida de una forma más fácil fuera de la capital, al menos, estaría menos presente el hambre en ciudades de menor población.
Y eligieron Guadalajara por su cercanía a Madrid, donde vivía toda la familia de mi madre.
Guadalajara, como otras muchas ciudades y pueblos españoles, era un solar de escombros; todos los barrios tenían casas hundidas. La casa inmediata a la mía, Alvarfáñez de Minaya, número 9. donde mi familia y yo vivíamos, estaba completamente en ruinas.
Debajo de nuestro piso, en un medio sótano,  vivía una familia; madre e hija se llamaban Maria.
La mujer y el marido estaban siempre en continuas peleas; gritos y golpes. Los efectos de estos últimos la pobre María, a la que él llamaba borracha, los lucía con rubor cuando salía a la calle, siempre despeinada su cabellera negra, con los ojos muy grandes, enrojecidos, y gruesos labios, que dejaban asomar el hueco de su boca, apenas con alguna pieza.
Su hija, María, era de mi misma edad, y amiga mía; jugábamos en la  casa hundida al escondite.
Juntos comíamos el “paniquesillo” que caía de las cercanas acacias.
 Mi “amor”, mi primer amor, por aquellos tiempos, era una chica que vivía en una casa con huerta que había justo donde empezaba el camino al cementerio, enfrente del campo donde los militares hacían instrucción, en el fondo del barranco.
 Recuerdo la puerta verde enrejada de su huerto, como el verde de las manzanas que colgaban de sus árboles y que, de vez en cuando, me regalaba alguna que yo comía  en su compañía. Tenía muchos árboles frutales. A su sombra pasábamos muchas tardes, que a mi se me hacían muy cortas.
Se llamaba Teresa,  su bella imagen me acompañó mucho tiempo. Con mucha tristeza el día que, un  año más tarde, de la mano de mi madre, dejábamos Guadalajara para ir a vivir a Sigüenza.
Con nosotros vivió durante unos días mi abuelo Manuel, padre del mío; sólo recuerdo de él que, una tarde de tormenta, me cobijó en sus brazos y me quitó el miedo a los relámpagos y truenos, contándome un cuento, a la luz de una lámpara de pié, de cuya pantalla pendían hilos relucientes verdes, a juego con otra que colgaba del techo.
Años después vería parecidas a esas  lámparas  en las películas del Oeste, en algún “Salón” donde bailaban el Can Can unas chicas rubias, muy llamativas y alegres.
Mi padre se desplazaba a diario, en bicicleta, a Trijueque, casi destruido durante la reciente guerra, donde trabajaba  de albañil. No sé el tiempo que estaría haciendo ese tremendo esfuerzo; levantarse de madrugada, trabajar durante el día, hasta la caída del sol, y volver a casa pedaleando.
 Después estuvo trabajando de vendedor ambulante; en la bicicleta llevaba un maletín con muestras. Una de ellas me llenó de ilusión; era una pelota pequeña, forrada de paño blanco; no había visto nada que me gustara tanto. Al poco tiempo, mi padre me la regaló. No sé si en aquellos tiempos podría vender alguna; no eran tiempos en los que jugara al tenis mucha gente...
Durante unos días, no sé cuantos, mi padre no apareció por casa. Mi madre estaba nerviosa y asustada, no sabía qué le podía haber pasado.
Un día llamaron a la puerta, salió mi madre corriendo a abrirla; una pareja de la Guardia Civil , citándole su nombre, le preguntaron si era ella. 
(Continuará)

Durante la lectura en el Centro Cultural "Pablo Iglesias" de Alcobendas

Aparte de leer poesía, tasmbién cantan canciones de su creación. En esta ocasión, una dedicada a Miguel Hernández.

Castillo de Sigüenza

Castillo de Sigüenza
Realizada por Antonio López Negredo