Mujer, tú eres poesía

Mujer, tú eres poesía

jueves, 24 de octubre de 2013

Voy a ir colgando algunos capítulos de las memorias en las que estoy, hace tiempo, ocupado. Este primer capítulo ya lo publiqué en Octubre del 2010 en el blog "Sigüenza Poesia". A petición de algunos de vosotros, abro, de nuevo, la posibilidad de comentarios.


               MEMORIAS DE NIÑEZ,      
LAS QUE RECUERDO Y QUIERO RECORDAR
                          Capítulo I

Guadalajara, 1947.
Era el plácido atardecer de uno de  los primeros días de Junio.  No hacía mucho calor, por lo que aquellas mujeres estaban sentadas en sus sillas, a la sombra de la elevada pared que cerraba el patio del cuartel de la guardia civil.
Las mujeres de los guardias charlaban animadamente, mientras sus manos daban vueltas y más vueltas a los hilos que guiaban sus agujas, con asombrosa agilidad y rapidez, entre sus telas y lanas.
Por el centro de la calle, un hombretón, con muchas copas de más en su cuerpo, bajaba dando tumbos; sus piernas parecían buscar un sitio para apoyar sus pies en el suelo, de tierra, de la empinada calle Alvarfáñez de Minaya.
 La visera de una gorra, posiblemente de militar, le caía desde la frente tapándole los ojos, que sólo se le veían cuando su cabeza daba giros de cucaña sobre su poderoso cuello echado hacia atrás. Su camisa, abierta, dejaba ver un bosque de vello que tapaba por completo su torso.
De sus labios colgaba una sucia y mojada colilla, sin acabar de apagarse, cuyo humo apartaba, de vez en vez, de un lento manotazo muy cerca de su nariz, nariz enorme y morada, como si de una morcilla se tratara.
También tenía dimensiones espectaculares su miembro viril que, fuera del pantalón, lanzaba chorros de orín, con parecido y sincronizado movimiento al de la cabeza, describiendo sobre el suelo líneas interminables. Mientras, tarareaba una canción, con música y letra ininteligibles que, como final de estrofa, siempre era una blasfemia.
 Sus ropas tenían manchas oscuras y blanquecinas, estas últimas en la chaqueta, seguramente de estar recostado sobre una pared de yeso o de cal. La chaqueta y los pantalones tenían “sietes” por doquier. Las botas, de número elevado, de media caña, sobresalían de los pantalones, remangados hasta la altura de las, también, velludas espinillas.
Las mujeres habían saltado, como por resortes, hacia la amplia puerta de la casa cuartel;  a algunas de ellas se las adivinaba, ya en sus casas, en las ventanas, detrás de las persianas, observando los desmanes del iracundo y borracho individuo.
Éste había soltado una estruendosa y grosera carcajada, haciendo más ostentación de su pene, dirigiéndolo, apuntando, como si de un arma de fuego se tratara, hacia la ovalada y elevada puerta, por donde habían huido las ocho o diez mujeres, que habían abandonado sus sillas en la mitad de la calle. Algunas de las sillas  volaban varios metros a consecuencia de los puntapiés que el beodo las propinaba.
Había parecido interminable la escena, sin embargo, todo transcurrió en escasos minutos. 
Se iban apagando las voces de aquel energúmeno, al que nunca más volví a ver, que desaparecía  por la curva que conducía al camino del cementerio.
Bordeando ese camino, abajo, en la hondonada, se encontraba  la explanada del cuartel, donde, casi de continuo, se oía la corneta y los tambores acompañando, en su desfilar, a la tropa .
La tarde iba así muriendo, dejando su quehacer a las escasas y lánguidas luces que alumbraban las noches del Guadalajara de 1947.

(Continuará)

jueves, 10 de octubre de 2013

Carretera de Sigüenza a Soria


Salgo de la ciudad,
atravieso las aceradas vías del tren,
camino de vidas inquietas.

A la izquierda, desde lo alto, Sigüenza,
siempre bella y callada,
almenadas torres de la Catedral
y maltrechas murallas del Castillo
-lugares comunes, postales
mil veces repetidas-

Las calles reptan empinadas cuestas.

Más adelante, en la misma mano,
Séñigo, el torreón vigía,  ciego,
diseminados entre la hierba sus despojos,
rendidos al paso del tiempo y la desidia.

Desde esa media cota se abre el cielo
a un frondoso y gran valle.
Serpentean los arroyos
sus rumores de antaño,
entre un calmo océano de trigales.

El monte acerca el horizonte,
entrecortado por viejas carrrascas,
arrugados encinares donde se oyen cantos
nupciales de aves.

Dos hileras rectas de erguidos chopos
perfilan la carretera, como si, más bien,
fueran las márgenes de un callado río .

Sigo mi camino.
Ya de noche, con luna propicia, se perfilan  
las murallas del derruído
castillo de La Riba de Santiuste,
en figuras fantasmagóricas
-el eco del  francés en sus muros-

De hinojos, en  reverencia, el río Salado,
que cruzo en mi caminar a Atienza.
A un lado, fruto del reposo al sol de sus aguas,
las salinas de Imón,
encasilladas en cuadrículas
blancas, como si parcelas urbanas en venta,
sin vida, fueran.

Y, al cabo, Atienza,
arriba, acariciando el cielo, llena de historia
con sus iglesias e inhiesta torre del castillo,
atalaya ahora sólo en lucha
contra la lluvia y los vientos.



Durante la lectura en el Centro Cultural "Pablo Iglesias" de Alcobendas

Aparte de leer poesía, tasmbién cantan canciones de su creación. En esta ocasión, una dedicada a Miguel Hernández.

Castillo de Sigüenza

Castillo de Sigüenza
Realizada por Antonio López Negredo