Mujer, tú eres poesía

Mujer, tú eres poesía

domingo, 8 de diciembre de 2013

Los niños del telediario


Ya a nadie sorprende ver a esos niños,
 tez del color de su abrasada tierra,
con lágrimas en los ojos y moscas
intentando devorar sus desnutridos cuerpos.

Arrojados del cálido vientre de sus madres,
sus miradas no tienen el brillo de esperanza
de los nuestros, ni el ansia de descubrir un mundo
nuevo. Son miradas opacas que siempre chocan
ante el manto de la miseria que los envuelve.

No conocen, ni conocerán, una azul cuna
ni rosa, ni tampoco agua de un manantial, fresca
que vivifique su deshidratada figura.
Son hijos de la más brutal escasez, desidia
e injusticia del mal llamado género humano.

Nuestro recuerdo y  AYUDA  para ellos
en estos días cercanos a la Navidad.
Nos deseamos paz,  felicidad…
Intentemos lograr para ellos supervivencia,
con sonrisa en sus labios.        

lunes, 2 de diciembre de 2013


El caballero de la mano en el pecho


 Esta anónima figura,
de grave y seco semblante,
ojos de mirada desigual…
¿Es, quizá, genial escritor,
marqués, caballero andante,
otro Quijote de la Mancha,
-mas de vestir oscuro y elegante-
presto a llevar su cuidada
y fina mano
del pecho a la espada,
por amparar a alguna dama,
o porfiar por su amada?

¿O, más bien, cualquiera sabe,
es un truhán pendenciero,
ojeroso libertino,
trasnochador…Un mujeriego,
siempre del lecho a la lucha,
o -qué más da-
de la lucha al lecho?
¿Es un Don Juan de la corte, discreto,
en busca de mil y una Inés?

Así parece decir,
con la mano en el pecho:
“De lo nuestro... ni palabra,
¡Válgame Dios! os lo prometo.”


miércoles, 27 de noviembre de 2013

Hambruna


¡Niño, niño mío!
¿Por qué, por qué te eché a este mundo?
¿Por qué mis carnes se abrieron?
¿Por qué consentí en aquel goce?
¿Fue, quizá, el amor pecado?

¿Por qué te castiga Dios?
¿Por qué mis pechos secos,
ni poderte dar bocado?

¿Por qué estas tierras yermas,
por qué, por qué sólo
regadas por el sudor de tu padre,
mi sudor, y mis lágrimas?

Hijo mío, me maldigo.
¡Maldito sea mi vientre!
¡Maldito sea mi cuerpo!
¡Maldita sea mi vida!

¡Maldita, maldita, maldita!
¡Mil veces sea maldita!

Ven, ven a mis brazos,
corazón mío,
que si tu mueres,
morir quiero contigo.

miércoles, 20 de noviembre de 2013

Collage de fotografías del Berlín Oriental.

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Viaje a la oscuridad


Hemos tomado el tren urbano U-bahn que nos trasladará del Berlín Oeste al “Democrático”.
Los vagones son algo vetustos; pinturas y asientos un tanto rancios.
Los viajeros, ancianos y niños en su inmensa mayoría, llevan la tristeza hospedada en sus ojos.
Tras un fugaz pitido parte el tren. Son las 16 horas, algo tarde, pues tendremos que volver antes de la medianoche; así lo exige nuestro visado.
Tras unos minutos el tren reduce la velocidad. Va reptando ahora entre los muros sórdidos que  tapian otros caminos, otras vías, posiblemente, a la libertad.
De trecho en trecho, en las paredes del túnel, garitas con potentes focos, guardias metralleta en mano, tocados con  el extraño casco que les prestara su temido nombre a quienes los portaban: “Vopo”.
Los viajeros permanecen en silencio tenso, también cuando, una vez parado el tren,  salen, salimos, sin prisa al vacío andén. Un letrero anuncia Friedrichstrasse -las paredes y techo alicatados con plaquetas color hueso-
Dos o tres guardias, tocados con grandes gorras plato,  blandiendo largas y amenazantes porras, esperan para formar en filas a los viajeros, ya con su documentación en la mano.
Dentro de garitas, -una a cada lado y otra en el centro del pasillo-otros guardias examinan escrupulosamente, visados , permisos…
Luego confrontan fotografías con los rostros, que nos hacen girar para ver los dos perfiles y de frente…
Suena una voz, suena como un trallazo, una orden, suponemos, pues hay un ligero y sumiso movimiento de la gente, entre la que nos encontramos.
Hemos pasado nuestro  turno de revista, con el alma encogida, como con una roca dentro del estómago.
Iniciamos, con alivio, la subida de escalones que nos separan de la calle.
La pobre luz de los faroles, un tanto distanciados, apenas puede atravesar una fina y heladora capa de niebla.
Los viajeros, siempre sin decir palabra alguna, se van dispersando, ahora aprisa, en todas direcciones, se pierden en la oscuridad.
Difícilmente se pueden distinguir el brillo de las vías del tranvía sobre la mojada calzada de adoquines. Seguimos su curso hasta una parada; el letrero anuncia Alexanderplatz  unas paradas más adelante. Esperamos.
Al cabo de unos minutos se oye el ruido metálico acercarse, después del chirriar de los frenos se abre la puerta de acceso.
El tranvía va casi vacío, por suerte,  tres jovencitas de unos veinte años están muy cerca, hablan, ríen, nos observan; a mí cómo busco monedas  para la máquina expendedora de billetes.
Una de ellas se me acerca y mira las monedas que mantengo en la palma de mi mano abierta; son D-Mark; no los admite la máquina; ella saca unos Pfennigs que introduce, y me extiende el ticket,con una sonrisa que devuelvo, agradecido.
En la oscuridad de la noche, arriba en el cielo, vemos, como si una nebulosa fuera, la redondez iluminada de la torre de comunicaciones  Fernsehturmla más alta de Europa, y  cerca un rascacielos, el Park Inn Hotel Berlín, el edificio más alto del Berlín de entonces.
Es nuestra parada, también la de las jovencitas, las cedemos el paso, nos sonríen  agradecidas y en mi escaso inglés les ofrezco un cigarrillo, un Marlboro. Al ver la cajetilla, saltan de gozo –como niñas ante una golosina- diciendo, “American, american”, cogen los cigarrillos y, viendo su alegría, a una de ellas le entrego una cajetilla, sin empezar, que llevo en mi bolso. Me la aceptan entre risas nerviosas y alegres. Nos despedimos dándonos la mano, y se alejan entre más risas.
Alexanderplatz es un lugar amplio, la torre en el centro. A uno de sus lados hay tiendas en cuyos escaparates se ven prendas de piel, de abrigo.
Algunos grupos de viandantes que se dirigen al hotel llevan parecidas prendas, tocados con gorros rusos de astrakán.
Por las calles que  rodean la plaza, de vez en cuando, pasa algún coche, medianos de tamaño los menos y otros, la gran mayoría, los Trabant, familiar y cariñosamente conocidos como los Trabbi, por su precio, los más accesibles para la clase media de los berlineses del Este.
Los coches pasaban con su ruido de motor característico, motor de 2 tiempos, y una pequeña nube blanca saliendo de su tubo de escape por el ambiente frio, helador.
Anduvimos un buen rato, vimos edificios, bellos monumentos, que nos hicieron volver durante varios años, aprovechando mis visitas a la Cébit de Hannover y el haber hecho una amistad en el Berlín Oriental, en esa misma noche.
Debajo del Hotel de la plaza, en una cafetería,  saboreamos buena cerveza, por supuesto, alemana.

Volvimos esa misma noche, recorriendo el trayecto en tranvía, con los mismos faroles clavados, más que en mi vista, en el alma, tal era la tristeza que desprendían. En el metro, las tinieblas del horror del telón de acero.

miércoles, 13 de noviembre de 2013

Fotografía del Castillo de Sigüenza, hoy Parador Nacional, realizada por Antonio López Negredo.


Dedico a Antonio López Negredo este último capítulo que cuelgo en la red de “Memorias de niñez”, mi apreciado amigo desde cuando todo esto pasaba. Él es seguntino, ferviente enamorado de su ciudad, a la que pinta de hermosos colores con su cámara fotográfica, desde el aire y con los pies en tierra.

                                                
                                                                 VII

En una mañana preciosa de finales de Julio  llegábamos mi madre y yo, en tren, a Sigüenza.
La ciudad del Doncel es una de las más bonitas de nuestra bella y, antes y ahora, maltratada España.
El paseo de la estación, a sus lados,  dos filas de árboles, donde los pájaros, con sus trinos, nos saludaban dándonos la bienvenida.
Cruzábamos el puente sobre el río  Henares y el caz del molino. En el caz nadaban con majestuosidad unas elegantes y enormes ocas, rodeadas de escandalosos patos que también festejaban nuestra llegada.
En ambas orillas del paseo, los segadores, acabada su faena, descansaban del duro trabajo; tumbados en el suelo unos,  sentados otros, daban buena cuenta de sus viandas colocadas  sobre sus mantas, y del vino que, en fino hilo, se deslizaba a sus bocas desde las más o menos elevadas botas que apretaban con fuerza. Otros preparaban sus escasos enseres para el regreso a su tierra.
Inmediatamente, a nuestra izquierda, la frondosa alameda. Siguiendo más adelante iniciábamos la subída de una empinada e interminable cuesta.
Mujeres y hombres nos miraban, con admiración a mi madre; era muy guapa -qué raro aún no lo había dicho-. También mi padre era de buen ver y alto, aunque ya lucía  una incipiente calva. Era fuerte, muy fuerte.
En una plaza una hermosa fuente con un machón de piedra cuadrangular en el centro; de cada una de sus cuatro caras salía un enorme chorro de agua. Por sendos caños las mujeres, desde la orilla con unas especies de cañas metálicas, conducían el agua a sus cubos y botijos que reposaban sobre el borde del pilón.
Los hombres sujetaban a sus mulas y caballos que abrevaban en el enorme pilón, a rebosar de fresca y transparente agua. Las mujeres hablaban en pequeños corros mientras nos miraban abiertamente, sin disimular.
Por el lado izquierdo de la calle, por el interior de la acera, nos iba acompañando la muralla; unos metros más arriba,  una puerta en arco muy alta dejaba paso al recinto amurallado – antes a caballeros en sus alazanes montados-.
 Nos acercábamos a la casa alquilada por mis padres, muy cerca del castillo, que apesar de estar en ruinas, sus muros y torres, en pie, se elevaban orgullosos de la historia que dentro guardaban.
Me parecía estar en otro país o en otro siglo; aquí también había ruinas pero sus piedras doradas resplandecían con el sol, evocando otros tiempos más gloriosos, sin duda.
Y, por fin, nuestra casa.
Era grande, la fachada de piedras labradas, del mismo color que las del castillo. Tenía dos pisos, dos patios, pozo muy profundo en uno de ellos, . También tenía cuadra y alto, o desván, donde se guardaba el trigo, el grano de la cosecha.
La casa era tan grande que por las noches no me quería ir a mi dormitorio; me daba miedo y, alguna vez, me ensuciaba encima, de las rabietas que cogía.
Nuestra nueva vivienda, y la calle donde estaba situada, eran completamente diferentes a las de Guadalajara, que era un tanto oscura, interior, solo daba a un patio -por donde entró el criado ladrón- y estaban prácticamente rodeadas de escombros ocasionados por la guerra.
La de Sigüenza estaba en casi todo lo alto, muy cerquita del castillo, desde donde se podía divisar todo el hermoso paisaje.  Era soleada, tenía balcones a la calle. El portal tenía las paredes revestidas de azulejos multicolores, tipo Talavera, un banco adosado a cada lateral, chapados con los mismos azulejos.
Me acordaba de Teresa y María que se habían quedado en Guadalajara. Sobre todo  de Teresa; le hubiera gustado mucho mi nueva casa. Más a María…¡la pobre!, que vivía casi, casi, en una cuadra; como su madre le decía a su marido:“ Me tienes viviendo en una cuadra”... seguro que, acto seguido, el marido, al oír ese reproche, le propinaría otra paliza, llamándola borracha.
Subiendo poco más la cuesta se podían ver los primeros árboles del grandioso pinar que se extiende hasta perderse de vista.
A pocos metros, en una explanada, una pequeña construcción, redonda y de ladrillo rojo, permanecía aislada; luego me enteraría que era el polvorín.
Más cerca que el polvorín se posaban unos pájaros enormes, emitiendo fuertes graznidos; los buitres buscaban su sustento en el cercano matadero, los despojos al aire, vertidos a un barranco. Nunca había visto pájaros tan grandes y feos, con largos picos y largos y despeluchados cuellos.
En éste, nuestro barrio, las casas eran de parecidas características; todas tenían cuadras e, incluso, corrales donde guardaban a sus animales.
Los sábados, los alrededores se llenaban de ganado pero, sobre todo, en la gran feria de Diciembre; era cuando venían feriantes de muchos sitios de España, con sus ovejas, cerdos, vacas, toros –algún semental- mulas, caballos; todo tipo de ganado.
Mis amigos y yo nos feriábamos una vara y una boina y “actuábamos” de tratantes durante esos días.
Además de la vara y la boina, también nos comprábamos una navaja para cortar el chorizo que, durante la feria, pedíamos a nuestras madres nos lo dieran en trozo, para cortarlo nosotros apoyándolo en el pan, al uso y forma de los mayores.
Los ganaderos ocupaban las posadas, los que no cabían dormían con sus ganados en los corrales.
A la mayoría de los hombres se les veía sacar de sus fajas, anchas y negras, que rodeaban con varias vueltas sus vientres, más o menos voluminosos, navajas que parecían cuchillos, y que al abrirlas sonaban como si fueran  carracas.
También de esas fajas extraían abultados fajos de billetes, que contaban mojándose los dedos con saliva en los labios entreabiertos.  Aunque con billetes pagaran, se hablaba siempre en reales, más que en duros y  pesetas. Rebaños enteros cambiaban de dueño, tras largos regateos. A los caballos, mulas y asnos les miraban los dientes para saber su edad, cifrada en años.
Alguna vez se oyó decir que habían asaltado a un ganadero para robarle el dinero que  había logrado de la venta de sus reses,  pero no era frecuente que ésto ocurriera.
Al terminar la feria e irse los ganaderos, unos sin ganado, otros con el recién adquirido, la ciudad volvía a su vida normal, aunque ya las cercanas fiestas navideñas la imprimían aires de cierta animación; se veía a las mujeres de tiendas, con bolsas más abultadas de lo normal.
Y con el sorteo de navidad se iniciaban las fiestas, apesar de que  nunca cayera ningún premio.

                        

lunes, 4 de noviembre de 2013

Memorias de niñez, las que recuerdo y quiero recordar




                                                                   II


Entonces

Entonces...yo era un niño más, 
asomado a las ruinas de mi ciudad.
Mis ojos, inocentes, como los de los niños,
solo llegaban a ver casas hundidas, “rotas”,
como si hubieran estado así toda la vida.

Algunas, que mantenían sus muros en pié,
los  cristales  de  sus ventanas hechos pedazos.
Dentro, espacios huecos, a la intemperie, invadidos
por la maleza, ocultan la tragedia.

Los tiestos con plantas secas, marchitas,
a juego con todo lo de su entorno.
Las calzadas de las calles de tierra rojiza...

Los mayores, la mirada baja. Algunos, muchos,
la familia y el alma destrozadas.

Los inviernos eran de crudo frío,
dentro y fuera de las casas...
más frío con estómagos vacíos,
silenciando, con dolor, sus quejidos.

La guerra había pasado y se notaba su huella
de canalla, sangrienta, cruel,
y destructiva fiera.

 

 

Una vez acabada la guerra, mis padres decidieron quedarse en España, aunque ambos habían militado en la CNT   -plenos de ideales, tan utópicos como honestos-  nada temían porque nada habían hecho que pudiera comprometerles.
Habían optado por salir de Madrid, porque mi padre creyó, supongo que con buen criterio, que podría ganarse la vida de una forma más fácil fuera de la capital, al menos, estaría menos presente el hambre en ciudades de menor población.
Y eligieron Guadalajara por su cercanía a Madrid, donde vivía toda la familia de mi madre.
Guadalajara, como otras muchas ciudades y pueblos españoles, era un solar de escombros; todos los barrios tenían casas hundidas. La casa inmediata a la mía, Alvarfáñez de Minaya, número 9. donde mi familia y yo vivíamos, estaba completamente en ruinas.
Debajo de nuestro piso, en un medio sótano,  vivía una familia; madre e hija se llamaban Maria.
La mujer y el marido estaban siempre en continuas peleas; gritos y golpes. Los efectos de estos últimos la pobre María, a la que él llamaba borracha, los lucía con rubor cuando salía a la calle, siempre despeinada su cabellera negra, con los ojos muy grandes, enrojecidos, y gruesos labios, que dejaban asomar el hueco de su boca, apenas con alguna pieza.
Su hija, María, era de mi misma edad, y amiga mía; jugábamos en la  casa hundida al escondite.
Juntos comíamos el “paniquesillo” que caía de las cercanas acacias.
 Mi “amor”, mi primer amor, por aquellos tiempos, era una chica que vivía en una casa con huerta que había justo donde empezaba el camino al cementerio, enfrente del campo donde los militares hacían instrucción, en el fondo del barranco.
 Recuerdo la puerta verde enrejada de su huerto, como el verde de las manzanas que colgaban de sus árboles y que, de vez en cuando, me regalaba alguna que yo comía  en su compañía. Tenía muchos árboles frutales. A su sombra pasábamos muchas tardes, que a mi se me hacían muy cortas.
Se llamaba Teresa,  su bella imagen me acompañó mucho tiempo. Con mucha tristeza el día que, un  año más tarde, de la mano de mi madre, dejábamos Guadalajara para ir a vivir a Sigüenza.
Con nosotros vivió durante unos días mi abuelo Manuel, padre del mío; sólo recuerdo de él que, una tarde de tormenta, me cobijó en sus brazos y me quitó el miedo a los relámpagos y truenos, contándome un cuento, a la luz de una lámpara de pié, de cuya pantalla pendían hilos relucientes verdes, a juego con otra que colgaba del techo.
Años después vería parecidas a esas  lámparas  en las películas del Oeste, en algún “Salón” donde bailaban el Can Can unas chicas rubias, muy llamativas y alegres.
Mi padre se desplazaba a diario, en bicicleta, a Trijueque, casi destruido durante la reciente guerra, donde trabajaba  de albañil. No sé el tiempo que estaría haciendo ese tremendo esfuerzo; levantarse de madrugada, trabajar durante el día, hasta la caída del sol, y volver a casa pedaleando.
 Después estuvo trabajando de vendedor ambulante; en la bicicleta llevaba un maletín con muestras. Una de ellas me llenó de ilusión; era una pelota pequeña, forrada de paño blanco; no había visto nada que me gustara tanto. Al poco tiempo, mi padre me la regaló. No sé si en aquellos tiempos podría vender alguna; no eran tiempos en los que jugara al tenis mucha gente...
Durante unos días, no sé cuantos, mi padre no apareció por casa. Mi madre estaba nerviosa y asustada, no sabía qué le podía haber pasado.
Un día llamaron a la puerta, salió mi madre corriendo a abrirla; una pareja de la Guardia Civil , citándole su nombre, le preguntaron si era ella. 
(Continuará)

jueves, 24 de octubre de 2013

Voy a ir colgando algunos capítulos de las memorias en las que estoy, hace tiempo, ocupado. Este primer capítulo ya lo publiqué en Octubre del 2010 en el blog "Sigüenza Poesia". A petición de algunos de vosotros, abro, de nuevo, la posibilidad de comentarios.


               MEMORIAS DE NIÑEZ,      
LAS QUE RECUERDO Y QUIERO RECORDAR
                          Capítulo I

Guadalajara, 1947.
Era el plácido atardecer de uno de  los primeros días de Junio.  No hacía mucho calor, por lo que aquellas mujeres estaban sentadas en sus sillas, a la sombra de la elevada pared que cerraba el patio del cuartel de la guardia civil.
Las mujeres de los guardias charlaban animadamente, mientras sus manos daban vueltas y más vueltas a los hilos que guiaban sus agujas, con asombrosa agilidad y rapidez, entre sus telas y lanas.
Por el centro de la calle, un hombretón, con muchas copas de más en su cuerpo, bajaba dando tumbos; sus piernas parecían buscar un sitio para apoyar sus pies en el suelo, de tierra, de la empinada calle Alvarfáñez de Minaya.
 La visera de una gorra, posiblemente de militar, le caía desde la frente tapándole los ojos, que sólo se le veían cuando su cabeza daba giros de cucaña sobre su poderoso cuello echado hacia atrás. Su camisa, abierta, dejaba ver un bosque de vello que tapaba por completo su torso.
De sus labios colgaba una sucia y mojada colilla, sin acabar de apagarse, cuyo humo apartaba, de vez en vez, de un lento manotazo muy cerca de su nariz, nariz enorme y morada, como si de una morcilla se tratara.
También tenía dimensiones espectaculares su miembro viril que, fuera del pantalón, lanzaba chorros de orín, con parecido y sincronizado movimiento al de la cabeza, describiendo sobre el suelo líneas interminables. Mientras, tarareaba una canción, con música y letra ininteligibles que, como final de estrofa, siempre era una blasfemia.
 Sus ropas tenían manchas oscuras y blanquecinas, estas últimas en la chaqueta, seguramente de estar recostado sobre una pared de yeso o de cal. La chaqueta y los pantalones tenían “sietes” por doquier. Las botas, de número elevado, de media caña, sobresalían de los pantalones, remangados hasta la altura de las, también, velludas espinillas.
Las mujeres habían saltado, como por resortes, hacia la amplia puerta de la casa cuartel;  a algunas de ellas se las adivinaba, ya en sus casas, en las ventanas, detrás de las persianas, observando los desmanes del iracundo y borracho individuo.
Éste había soltado una estruendosa y grosera carcajada, haciendo más ostentación de su pene, dirigiéndolo, apuntando, como si de un arma de fuego se tratara, hacia la ovalada y elevada puerta, por donde habían huido las ocho o diez mujeres, que habían abandonado sus sillas en la mitad de la calle. Algunas de las sillas  volaban varios metros a consecuencia de los puntapiés que el beodo las propinaba.
Había parecido interminable la escena, sin embargo, todo transcurrió en escasos minutos. 
Se iban apagando las voces de aquel energúmeno, al que nunca más volví a ver, que desaparecía  por la curva que conducía al camino del cementerio.
Bordeando ese camino, abajo, en la hondonada, se encontraba  la explanada del cuartel, donde, casi de continuo, se oía la corneta y los tambores acompañando, en su desfilar, a la tropa .
La tarde iba así muriendo, dejando su quehacer a las escasas y lánguidas luces que alumbraban las noches del Guadalajara de 1947.

(Continuará)

jueves, 10 de octubre de 2013

Carretera de Sigüenza a Soria


Salgo de la ciudad,
atravieso las aceradas vías del tren,
camino de vidas inquietas.

A la izquierda, desde lo alto, Sigüenza,
siempre bella y callada,
almenadas torres de la Catedral
y maltrechas murallas del Castillo
-lugares comunes, postales
mil veces repetidas-

Las calles reptan empinadas cuestas.

Más adelante, en la misma mano,
Séñigo, el torreón vigía,  ciego,
diseminados entre la hierba sus despojos,
rendidos al paso del tiempo y la desidia.

Desde esa media cota se abre el cielo
a un frondoso y gran valle.
Serpentean los arroyos
sus rumores de antaño,
entre un calmo océano de trigales.

El monte acerca el horizonte,
entrecortado por viejas carrrascas,
arrugados encinares donde se oyen cantos
nupciales de aves.

Dos hileras rectas de erguidos chopos
perfilan la carretera, como si, más bien,
fueran las márgenes de un callado río .

Sigo mi camino.
Ya de noche, con luna propicia, se perfilan  
las murallas del derruído
castillo de La Riba de Santiuste,
en figuras fantasmagóricas
-el eco del  francés en sus muros-

De hinojos, en  reverencia, el río Salado,
que cruzo en mi caminar a Atienza.
A un lado, fruto del reposo al sol de sus aguas,
las salinas de Imón,
encasilladas en cuadrículas
blancas, como si parcelas urbanas en venta,
sin vida, fueran.

Y, al cabo, Atienza,
arriba, acariciando el cielo, llena de historia
con sus iglesias e inhiesta torre del castillo,
atalaya ahora sólo en lucha
contra la lluvia y los vientos.


sábado, 14 de septiembre de 2013

El toro de la Vega

Ay! Toro, torito,  toro de gran poderío
¿por qué te hiere esa chusma,
por qué te acosa el gentío?

Matarifes a caballo, con sus lanzas, largas,
-pues las alarga el miedo-
acuchillan tu poderoso cuerpo, en cobarde,
truculenta, frenética y loca carrera.

Están  sedientos, ávidos de sangre  
-España, sangre y mies tu bandera-

¿Qué mal has cometido,
que mal ha hecho tu especie
que hace que, en estos lances,
 yo a la mía desprecie?

No puedo mirarte,  no puedo ver esos ojos
llenos de horror, dolor y espanto,
mientras tu cuerpo yace, descosido, sangrando.



martes, 3 de septiembre de 2013

Dos amantes

Río, peregrino donjuanesco infatigable,
tu obstinado talle,
perlado y sudoroso,
repta sobre frondosa tierra
y te acoge, impudorosa,
cual sedienta amante.

Te ofrece, generosa,
los recovecos de sus márgenes,
los irrigas con tu limo,
como sementera,
tras envites incansables,
más o menos fieros,
hasta llegar tu interminable orgasmo final,
volcado en tu otra gran amante,
la mar, siempre abierta, juguetona e insaciable.


sábado, 27 de julio de 2013

Mi setenta cumpleaños

Para ti mi recuerdo, madre.
Un recuerdo nostálgico con rictus, con ceño
fruncido, con amor escocido.

Nuestros últimos ratitos, sentado a tu lado,
los saboreé con mimo, con avaricia,
sabiendo tu sueño cercano.

Recuerdos... Muchos dulces,
agrios, espinosos, dolorosos también hubo;
tu amor daba para todo.

Y te comprendí...
Nuestras lágrimas
lavaban nuestras culpas,
se cerraban las heridas.

Maravillosa mi infancia, en tiempos de posguerra,
pero sin penurias, con mis juguetes;
¡Mi caballo negro, de gran cola!

Tu devoción y los frailes rompieron el feliz
cuento.

Mucha distancia, hambre e insomnio
me acompañaron en el convento.

Pero el regreso, vuestros besos,
mi cama, mi casa,
los baños en el río
me hicieron, otra vez, crio.

Y los años pasaron,
pasaron en poco tiempo.
Encontrar el amor
supuso nuestro desencuentro.

Y te comprendí, ahora más te entiendo,
y lo sentí, y aún lo siento; fue otro triste cuento.

¡Cómo no te voy a entender si, para entenderte,
tengo a diario tu sentir
en tres trozos salidos de mi!

martes, 9 de julio de 2013

Le llamaban Nadie


 - le quitaron hasta el Don-

Era un hombre gris,
como día sin efeméride
ni nombre en el santoral
ni señal en el calendario.

Para nadie era útil
para nadie querido
ni recordado.
No se sabe si ya murió
o si anda por ahí, extraviado.



jueves, 27 de junio de 2013

La computadora


 De aburrida y árida  tildaba
a la dueña y señora del mundo:
la Informática.
¡Cuán equivocado estaba!

Hace poco tiempo,
unos años apenas,
abandoné los miedos y mis propios engaños.

Empecé a hacer pinitos, algún que otro trabajo,
un solitario, a veces, y,  cómo no, poemas
en la pantalla dejé reflejados.

Como os he dicho, de eso hace unos pocos años,
y ahora aquí estoy, usando mi teclado.

Si Cervantes o Lope de Vega
lo hubieran usado,
estanterías bastantes no habría en el mundo
para almacenar tanto tesoro...

Ah! pero... ¿qué es lo que digo?
¡qué desatino! en un  simple CD
muchos poemas archivo.

 

domingo, 23 de junio de 2013

Noche de San Juan (Brisas)

 Una fresca brisa ondeaba sus cabellos
con lento movimiento, acariciaba sus senos
con el leve tremolar de su vestido,
se deslizaba suave, como la noche,
como de amor dormido.

Traía  aromas de verano,
de rosas, de jacintos, de pinares cercanos,
de tierra mojada, de heno, de hierba
recién cortada.

Noche de San Juan, de limones,
de tormentas, de amores, de hogueras y promesas...

Tu me diste una flor,  yo te di toda mi fuerza;
fluía la pasión,
mis besos ahogaban tu candor,
mis brazos poseían tu cuerpo.

Cantares de la madrugada nos despertaban,
aún nuestros cuerpos uno,
los cabellos mojados por la escarcha,
al alba.

Nos saludaba otra brisa más fresca,
más lozana,
mientras, el sol cegaba nuestros ojos,
y nos dejaba desnudos.

martes, 18 de junio de 2013

Tal vez mañana, quizá, lo haga,


andar el polvo, amigo, de todos los caminos,
sonreír a los espejos que poseyeron tu rostro,
hacer un guiño a las estrellas, 

a las que rogaste un deseo,
recorrer con mi mano el lomo de aquel buen perro, 

que lamió tu cara,
acunar en el cuenco de mis manos 

la espuma del mar, que arrulló tu cuerpo,
visitar, de nuevo, aquel lecho, 

que acogió nuestros encuentros.
Tal vez mañana, quizá, volverá tu sonrisa 

a acariciar la mía.






lunes, 10 de junio de 2013

Atardecer del alma


Hola, espejo, viejo amigo,
miro tus ojos, tu frente, arañada
por la zarpa del tiempo…
No te conozco.

Tu alma me habla de ti.
Cuántos sueños,
cuantas ilusiones en objetos perdidos,
cuanto tiempo malogrado…

Pasiones desatadas, juegos rotos,
amores mal acompañados,
noches, negras, en blanco,
esperas cada mañana.

Pero llegaste tú;
mujer, amor y entrega, caricias y pasión,
gritos en el vientre, fuiste el gran rescate.

jueves, 30 de mayo de 2013

Demasiado tarde


Estaba harto de los dos,
de ella y de sí mismo.
Por ella sentía pena,
con él mismo
no se mostraba compasivo.

Famélicos de amor, casados
sin boda ni testigos.
Ella bonita, ingenua, caprichosa,
díscola y muy coqueta.

Han pasado los años…
y ¿qué del tiempo vivido en común?,
juntos, distantes, tan distintos…

Por fin se han conocido,
noche a noche, domingo
a domingo, de juergas,
bailes y cartones de bingo.

Sus carnes, lacias, colgando,
sus cabellos encanecidos,
sus ojos cansados, llorosos
de volutas de humo…

y porque en amor no han vivido.

martes, 21 de mayo de 2013

Sigues siendo igual


Después del tiempo transcurrido,
ya no tienes aquel bello rostro, ni aquel talle
que, tan a la disposición, todos deseaban
amarrar a sus brazos.

Tampoco tus ojos tienen, aunque su destello
aún perdure, aquel contorno liso,
y tus ojeras se han quedado con un color
nazareno, casi muerto.

Tu boca y tus labios, en ejercicio perpetuo,
sobrevivientes al naufragio,
aún invitan a albergar en ellos lances de amor.

Y sigues siendo igual de caprichosa,
cariñosa y generosa con tu cuerpo y los de los demás.
Nunca te acaban de saciar, recibes
siempre menos que das.

Te sabes, te llaman, tonta
y otras cosas. Y… ¡Qué más da!
te da exactamente igual,
al menos, aunque sea por muy breves momentos,
evitas la soledad total.
.


miércoles, 8 de mayo de 2013

Delirio de amor



Te persigue y huyes esquiva.
Te mira y tu figura se disuelve
entre irreal niebla.
Te llama, te habla, tus labios permanecen mudos.
Sus manos, tendidas a ti, tiemblan
y su corazón se desboca,
-gana al tiempo en su ritmo-
porque no te encuentran, y estás cerca… mas distante.
Sus ojos, aun cerrados, están despiertos,
buscando en la nada las líneas de tu cuerpo.
De pronto, apareces y le rechazas
entre risotadas que escupen desprecio.
Tras de ti se cierran todas las puertas
con portazos ensordecedores que revientan
sus tímpanos, y te busca entre chinescas sombras,
danzas malditas, confusión.

Se desvanece la luz,
crece el silencio que lo invade todo.
Resbala su alma, se hunde en un foso sin principio,
sin fin. Todo es tiniebla
pegada a su piel mojada,
como otra piel a su piel,
que no siente suya,
ni cercana, ni de su amada.

Flota  en un  aire denso,
tropieza, gira su cuerpo,
ovillo ingrávido,avanza, retrocede, bota,
se aleja de sí mismo.
Se ve minúsculo, apenas nada,
enteramente nada.
Levita, cae.
Sudor frío, una carcajada
su estruendo le desplaza,
le quema, le hiere.
Vuelve a caer,
choca de una a otra pared,
la escala, cual frío reptil, se deja las uñas,
se deja la piel.
Grita un nombre, no sabe
de quién, implora, rie,
llora, vive, muere, no sabe
por qué. No sabe nada, nada, nada.










sábado, 4 de mayo de 2013

Mujer madre


 El amor penetra en tu cuerpo
ocupando tus entrañas.
Tu sangre se mezcla con otra sangre,
en fusión apasionada.

Tu cuerpo en cuerpo de madre
se moldea.
Ha pasado un otoño,
un invierno, una primavera;
tu vida, la que llevas dentro,
quiere ver la luz, salir afuera.

Respiración acompasada,
sudores, desgarros,
tu hijo la luz recibe; sus primeros sollozos
son como cantos de enhorabuena.

Has vencido al dolor.
Tus brazos rodean su pequeño cuerpo, de piel
que ha sido tu misma piel.
Tu mirada, ya de madre,
le brinda cálida caricia,
tus pechos sustento, amor, vida.

Después, mientras tu corazón golpee tu pecho,
tus mejores deseos, miedos, desvelos, todo
encaminarás a él, tu hijo quien, aun mayor, 
será siempre tu "niño".

lunes, 22 de abril de 2013

Caminos de Soria


Era la voz del viajero
que partió a lejanas tierras.

                            A. Machado
                  
                                                                                             

Hoy he seguido caminos
que holló el maestro
Antonio Machado.
Su recuerdo y el aroma
de los pinos
acompañan mi andadura.

He dejado atrás Vinuesa.

Me he mirado
en el espejo oscuro
de la Laguna Negra.     
He intentado escrutar
su fondo sin fin,
allí donde, según la fábula
 y el romance del maestro,
yacen los restos de  un padre
vilmente asesinado
por la codicia y envidia
de dos de sus hijos,
Alvargonzález.

El agua, quieta, cobija
su aciago misterio,
aún  estremecida,
como con dolor de madre.

Los pinos,
silentes guardianes,
emulan en su quehacer
a los cipreses,
forman filas de entierro
y, con el viento,
entonan canto fúnebre.

El cielo, gris,
no oculta la leyenda.
Todo clama realidad;
allá abajo,
en las tinieblas del agua,
yace un muerto y… no descansa.




martes, 26 de marzo de 2013

Soledad



Soledad...
sólo adjetivos te acompañan;
triste soledad,
por nadie deseada.

Codiciada soledad,
del que la desea y nunca la siente lograda.

Funesta soledad,
la del preso,
con su libertad enjaulada.

Religiosa soledad
la del monje, con su alma enclaustrada.

Patética soledad,
la del huraño, que sólo le hace daño.

Fructífera soledad, la del poeta, 
a veces, tan deseada
como la libertad.


lunes, 18 de marzo de 2013

Padre


                                                            

                                               Me hubiera gustado ser
                                               el buen padre que tú fuiste.


Tus ojillos chispeantes,
en sonrisa interminable,
me acarician por siempre.

Tu caminar ligero, por tu pinar amigo,
acompaña mi camino.

Manos recias, de hierro,
tiernas de caricias,
afanosas, ágiles, generosas.

Tiempos de posguerra,
correcaminos infatigable; huiste al hambre.

Creyente tardío,
convencido de Dios,
te hiciste más bueno.

Educador, autodidacta,
ausente de vicio,
grande de alma.

¡ Cómo añoro los cuentos
en las noches largas !
¡ Cómo los besos que me dabas !

Nos dejaste solos;
sin nosotros saberlo,
despedida en la mirada.

(Reposición)

viernes, 8 de marzo de 2013

A Rosalía de Castro


Día de la mujer
Allá, en los confines de la tierra, amurallados
por viejas montañas, donde  la ira solo los árboles
apuntaban al cielo, clamó una voz
suave y valiente, Rosalía de Castro.



         A Rosalía de Castro


Leyendo tus versos
veo el mar,
los bosques, el paisaje que adoraban tus ojos.

Te imagino asomada, apoyada en el alfeizar
de la ventana,
mirando a aquella iglesia o volviéndola la cara.

Oigo las campanadas
que te despertaban al alba,
el murmullo de las fuentes
que caricias te susurraban.

Camino por las veredas
que frecuentabas
y oigo la carrera loca del agua,
deslizándose por el tobogán de los arroyos
que te cantaban.

Por dentro, te imagino rota,
por sufrir las muertes de tus vidas,
que empezaran por tu amada madre...
pero entera, fuerte, y delicada.

El amor te fecundó preñeces,
tu corazón galopó en tus poemas;
tu ojos, soñadores,
despertaron con tus miradas;
¡tantas penurias pasadas!




Durante la lectura en el Centro Cultural "Pablo Iglesias" de Alcobendas

Aparte de leer poesía, tasmbién cantan canciones de su creación. En esta ocasión, una dedicada a Miguel Hernández.

Castillo de Sigüenza

Castillo de Sigüenza
Realizada por Antonio López Negredo