Mujer, tú eres poesía

Mujer, tú eres poesía

domingo, 25 de septiembre de 2016

Enjambre y globalización

Enjambre

Enjambre y Globalización
(De lo sucedido en la vida real)

Como no hace muchos años, han venido, a nuestra casa de campo, unas señoras aladas
que, no nos hacen demasiada gracia.
Es un enjambre de abejas.
Se han alojado en la cámara de ventilación del tejado. Se cuelan por un agujero existente en la fachada.

La verdad es que no nos molestan demasiado. Como muchos obreros, con el alba,
salen a su cotidiano trabajo, y hasta el anochecer no regresan, éso si,lo hacen en tropel, y tienen que hacer vuelos de aproximación hasta que la entrada está despejada.
Algunas caen, aturdidas, al suelo, quizá, extenuadas, golpes de calor, o vaya usted
a saber, ¿algún infarto?

Ya digo, no molestan demasiado, pero las ventanas de esa fachada, a las "horas punta", las mantenemos cerradas, no sea, que "okupen" alguna habitación y nos echen de ella.

Me he asomado al libro gordo de Petete que es Internet y he escrito “enjambre de abejas”.
Han salido multitud de epígrafes. He visitado algunos y he visualizado algún vídeo.
Y hubo uno que me llamó la atención, por la rápida respuesta, no más de 24 horas,
que prometían en su actuación, y servicio gratuito, con alguna voluntaria compensación económica, como mantenimiento de su altruista labor, así como delicada, para evitar
estrés a las abejas
Me pareció justo; ellos rescatan el enjambre y lo implantan, adecuadamente, en colmena.
                                                                                                                 
Me dirigí, rápidamente, a su correo electrónico, única dirección facilitada, explicando el caso.
También su respuesta fue rápida:

Hola Jorge:

Lo siento, pero RescateAbejas de momento sólo opera en la región Metropolitana (Santiago de Chile).  Te recomiendo buscar ayuda con algún apicultor de tu zona.

Saludos cordiales,



sábado, 24 de septiembre de 2016

Septiembre


 

El calendario dice que ha llegado el otoño,
y no el ya cansino sol, que lo niega.
Sin embargo los días son más cortos
y los árboles lloran su tristeza.

"-Y... ¿por qué los años se cuentan por primaveras?-"
Era una de las preguntas que un niño,
de escasas primaveras, con carente experiencia,
me hacía, atropelladamente,
ávido de saber.
"-Será porque  la primavera es luz,
belleza, promesa, vida. Y, así
se cuenta tu edad... mas
no la mía, que podría contarse
en otoños-" yo le contestaba.
Un -"bueno, sí" -me replicó, quizá,
no muy satisfecho con mi respuesta-

Primavera, magnífica promesa de vida.
Su "Yin" -su opuesto- es el otoño, principio
de la oscuridad - se acorta el día
y la vida se acorta -
amenaza de las tinieblas, letargo y muerte.



jueves, 30 de junio de 2016

La luna nos besaba

Y venías, corrías, hacia mí,
cual chiquilla alocada,
mojada con la lluvia,
vestida y desnuda,
tus ropas desposadas con tu piel,
tus cabellos cascadas en tu cara.
Tus pies, traviesos y desnudos,
salpicaban agua sobre agua.
Mojé tus labios con los míos,
succioné tus abiertos poros,
lo ardiente que tu cuerpo desprendía.

Las nubes se quebraban en diluvio,

la luna nos besaba.

jueves, 26 de mayo de 2016

23 de Junio de 2007. Noche de San Juan

 Los invitados ya se han retirado.

Sobre el suelo, debajo de las mesas,
aparecen, inertes, algunas servilletas,
labios rojos, prometedores,
impresos en ellas
y tapones de botellas de cava.

Mas la boda no ha terminado

Al fondo, es una dulce melodía
que llama mi atención,
mis pasos, sin darme cuenta,
me han mudado a una estancia recoleta.

En el centro, los novios
bailan, apenas se mueven,
no sé si ni siquiera oyen la bella canción
 “Is this love” su favorita.

Y no cesan de mirarse a los ojos,
con dulce e interminable sonrisa,
como preguntándose
“¿Esto es amor lo que estoy sintiendo?”
y sus ojos contestan
“Esto debe ser amor”

Helena, bella, hoy más que nunca,
embellece, aún más,
su vestido blanco, de novia.
Eduardo embelesado,
plenos sus ojos del amor
que envuelven sus brazos.

Las dulces notas, revoltosas, revolotean
entres sus apretados cuerpos,
dejan en sus labios
el exquisito néctar del amor,
en clara luna y noche hechizada de San Juan.

Les dejo solos.




miércoles, 6 de abril de 2016

Defensores de nada y menos de la Sanidad pública,

Apenas llaman la atención,
es que ya
nos tienen acostumbrados
a sus fanfarrias y mentiras,
pues así llevan varios años.

Son los liberados,
estómagos agradecidos
huestes con cayados,
que nunca han trabajado.
Chillan, escupen sus maldades,
y, aunque viejos, el odio
les da las energías.

A mí, como a otros muchos,
me molestan todos los días
con viejas notas, rotas por la ira.
Vociferan consignas
que un barbudo cano,
de vez en cuando,
les propicia en folios
manchados por algunas líneas.

Es su quehacer cotidiano.
Así cumplen con su amo,
su sindicato,
su sustento de toda la vida,
el renacer de tropelías,
como hijos mal criados.


martes, 8 de marzo de 2016

Maltrato


                                               A todas las mujeres víctimas

                                                                       de celos y desamor.

Siempre -a cualquier hora, fuera del día,
de la noche- empezaba a tronar la misma voz,
escupiendo alcohol, cascada rota,
- trallazos de metal contra metal-
Al lado de nuestra casa el infierno,
habitaba el diablo; así de cruel y sanguinario.
Golpes de objetos contra las paredes,
contra el suelo,
vidrios rotos, sollozos, lamentos confundidos
con quejidos, gritos y más sollozos.
Más golpes, blasfemias, quejidos.
Luego, después del terror de los gritos,
el terror, más profundo e incierto, del silencio...

Mirábamos a la pared que nos separaba,
queriendo adivinar,
buscando la silueta de aquella pobre mujer,
pidiendo que aún, ya, no estuviera muerta.
Él había cerrado, con un portazo brutal,
la pesada puerta, con sus pasos alejándose
se iban silenciando sus maldiciones.
Tenues ayes nos confirmaban supervivencia,
de una amarga, desesperanzada y vida cruel .

Un día, después de los golpes, al final, no hubo
más lamentos, ni sollozos, ni ayes... sí silencio;
silencio denso, rasgado por una sirena
de ambulancia, ya innecesaria.


 (Reposición)







martes, 19 de enero de 2016

Ayer, Lunes, el día más triste.
EN MEMORIA
                                                                         
                                                                           Perdóneseme el atrevimiento,
                                                                           pues el dolor y el amor no saben de pudor.
                                                                         
Para mi lo fué. Se cumplían treinta y séis años que una larga intervención quirúrgica terminaba con la vida de uno de los seres más queridos por mí; mi padre. Se nos dieron garantías de éxito, “nada que temer”. Apenas nos despedimos de él cuando entraba en quirófano, un viernes de dolor. Se iba con sonrisa cariñosa y enigmática.¿Sabía lo que iba a ocurrir?

De madrugada oímos voces nerviosas solicitando sangre, carreras por pasillos interiores, nervios…
y a nosotros  nos invadió el miedo de que ocurriera algo que no esperábamos;se nos garantizó éxito por el cirujano.

Horas interminables, silencio. Nos  dicen que pasemos solo dos a la UCI; mi madre en primer lugar,
Al poco tiempo sale descompuesta. Entro en aquella sala del horror, mi padre roto por dentro, cables tubos máquinas, su cara reflejo del dolor más intenso. Le tomo una mano, la más libre, la retira con quejido y rostro transido de dolor. No puedo reprimir un llanto que arroja mis lágrimas a sus hombros descubiertos. Le lleno su frente de besos, besos suaves reprimidos por no hacerle posibles daños. Mis besos son los últimos. No me lo creo. Me mareo, náuseas contenidas.
Salgo, mi familia, mi madre y hermanas, entre abrazos soportamos incrédulos el desamparo. Nos quedamos solos, huérfanos de nuestro amado padre.
A las siete y media de la mañana, de un Sábado negro,salíamos del hospital.
Y ese Sábado negro, mi mujer cumplía años. Una vez más la grotesca y cruel muerte empañaba la alegría de mis ya cansados ojos.

Hoy, la distancia en tiempo, me recuerda, con nostálgica sonrisa, aquella frase repetida por mi hijo Eduardo, el menor:
“No te ayas abeito, está pibido” mientras extendía sus bracitos, intentando evitar que mi padre salíera de nuestra casa.

Y hoy, también, una vez más, con alegría y gran nudo en la garganta, felicito a Carmen, mi mujer, por su nuevo cumpleaños, uno más, y muchos más que cumplirá, así se lo deseo.

domingo, 15 de noviembre de 2015

París, Viernes 13, 2015



Hoy, la sinrazón del fanatismo y el terror
ha apagado tus luces y tu Torre de acero,
faro de esperanza, silenciando así tu alegria,

Han profanado tu Arco del Triunfo y acogida,
hoy más pétreo de estupor
ante el ultraje de la sangre infame.

Han desolado tu cosmopolita avenida
a la Concordia, entre cadáveres de tus hijos.

Mas los vivos no sucumben ante tan cruel yugo,
en sus gargantas ruge la Marsellesa: "listos
para luchar contra vosotros"

Tus jóvenes, masacrados con alevosía,

claman justicia ante el vil despotismo.

domingo, 1 de noviembre de 2015

Dos de Noviembre, día de los muertos



Y cuando aún a mis días algún quinto me asiste,
cruzo, en frágil barca, este mar de olas encrespado.
La orilla, aun cercana, no diviso ni calculo
su distancia. Compañeros de vivencias yacen
en tierras subterráneas, sus almas los cielos
entrelazan como ocio, a la espera mi arribada,
con mi remar cada vez, más vacilante y lento,
mas llegada tan asegurada como cierta.


Madrid, año 2015.


martes, 28 de julio de 2015

CIERRAN EL CAFÉ COMERCIAL ¡CÓMO LO SIENTO! PORQUE ÉSTE ERA ...

Aquel café      


Sobre el mármol frío de sus mesas,
lápidas de “te quieros”
e historias muertas,
mi lápiz desgranaba en el papel
mi amor en la distancia.

Mis ojos escrutaban el agua de la jarra,
bola de cristal de amor brujo,
queriendo ver tu cara,
temiendo ver tu olvido en falsas adivinanzas.

Aquel café
era mi cálido refugio,
continente de nostalgias...
tu silla vacía de ti, el aire reflejando
tu mirada.
Aún flotaban tus palabras entre el denso humo...
Mi espera con el tabaco quemaba.


sábado, 8 de noviembre de 2014

ROMPO MI SILENCIO PARA RENDIR MI HUMILDE HOMENAJE A TODOS LOS QUE SUFRIERON LA "DEFENSA DEL COMUNISMO ANTE OCCIDENTE" PARA LO QUE LEVANTARON EL MURO DE LA VERGÜENZA. Reposición de "Viaje a la oscuridad" y del poema, Berlín




VIAJE A LA OSCURIDAD


Hemos tomado el tren urbano U-bahn que nos trasladará del Berlín Oeste al “Democrático”.
Los vagones son algo vetustos, pinturas y asientos un tanto rancios.
Los viajeros, ancianos y niños en su inmensa mayoría, llevan la tristeza hospedada en sus ojos.
Tras un fugaz pitido, parte el tren. Son las 16 horas, algo tarde, pues tendremos que volver antes de la medianoche; así lo exige nuestro visado.
Tras unos minutos el tren reduce la velocidad. Va reptando entre los muros sórdidos que  tapian otros caminos, otras vías, posiblemente, a la libertad.
De trecho en trecho, en las paredes del túnel, garitas con potentes focos, guardias metralleta en mano, tocados con  el extraño casco que les prestara su temido nombre a quienes los portaban, “Vopo”.
Los viajeros permanecen en silencio tenso, también cuando, una vez parado el tren,  salen, salimos, sin prisa al vacío andén. Un letrero anuncia Friedrichstrasse, las paredes y techo alicatados con plaquetas color hueso.
Dos o tres guardias, tocados con grandes gorras plato,  blandiendo largas y amenazantes porras, esperan para formar en filas a los viajeros, ya con su documentación en la mano.
Dentro de garitas, una a cada lado y otra en el centro del pasillo, otros guardias examinan escrupulosamente visados, permisos.
Luego confrontan fotografías con los rostros que nos hacen girar  para ver los dos perfiles y de frente…
Suena una voz, suena como un trallazo, una orden, suponemos, pues hay un ligero y sumiso movimiento de la gente, entre la que nos encontramos.
Hemos pasado nuestro  turno de revista con el alma encogida, como con una roca dentro del estómago.
Iniciamos con alivio la subida de escalones que nos separan de la calle.
La pobre luz de los faroles, un tanto distanciados, apenas puede atravesar una fina y heladora capa de niebla.
Los viajeros, siempre sin decir palabra alguna, se van dispersando, ahora aprisa, en todas direcciones, se pierden en la oscuridad.
Difícilmente se pueden distinguir el brillo de las vías del tranvía sobre la mojada calzada de adoquines. Seguimos su curso hasta una parada, el letrero anuncia Alexanderplatz  unas paradas más adelante. Esperamos.
Al cabo de unos minutos se oye en ruido metálico acercarse, después del chirriar de los frenos se abre la puerta de acceso.
El tranvía va casi vacío, por suerte  tres jovencitas de unos veinte años están muy cerca, hablan, ríen, nos observan; a mí cómo busco monedas  para la máquina expendedora de billetes.
Una de ellas se me acerca y mira las monedas que mantengo en la palma de mi mano abierta; son D-Mark, no los admite la máquina, ella saca unos Pfennigs que introduce, y me extiende el ticket, con una sonrisa que devuelvo agradecido.
En la oscuridad de la noche, arriba, en el cielo, vemos, como si una nebulosa fuera, la redondez iluminada de la torre de comunicaciones  Fernsehturm,  la más alta de Europa y  cerca un rascacielos, el Park Inn Hotel Berlínel edificio más alto del Berlín de entonces.
Es nuestra parada, también la de las jovencitas, las cedemos el paso, nos sonríen  agradecidas y en mi escaso inglés les ofrezco un cigarrillo, un Marlboro. Al ver la cajetilla, saltan de gozo, como niñas ante una golosina, diciendo, “American, american”, cogen los cigarrillos y, viendo su alegría, a una de ellas le entrego una cajetilla sin empezar que llevo en mi bolso. Me la aceptan entre risas nerviosas y alegres. Nos despedimos dándonos la mano y se alejan entre más risas.
Alexanderplatz es un lugar amplio, la torre en el centro. A uno de sus lados hay tiendas en cuyos escaparates se ven prendas de piel, de abrigo.
Algunos grupos de viandantes, que se dirigen al hotel, llevan parecidas prendas, tocados con gorros rusos de astrakán.
Por las calles que  rodean la plaza, de vez en cuando, pasa algún coche, medianos de tamaño los menos y, en su inmensa mayoría, los Trabant, familiar y cariñosamente conocidos como los Trabbi, por su precio los más accesibles para la clase media de los berlineses del Este.
Los coches pasaban con su ruido de motor característico de 2 tiempos y una pequeña nube blanca saliendo de su tubo de escape por el ambiente frio, helador.
Anduvimos un buen rato, vimos edificios, bellos monumentos que nos hicieron volver durante varios años, aprovechando mis visitas a la Cébit de Hannover y el haber hecho una amistad en el Berlín Oriental en esa misma noche.
Debajo del Hotel de la plaza, en una cafetería,  saboreamos buena cerveza, por supuesto, alemana.

Volvimos esa misma noche recorriendo el trayecto en tranvía, con los mismos faroles clavados, más que en mi vista, en el alma, tal era la tristeza que desprendían. En el metro las tinieblas del horror del telón de acero.


Berlín

Berlín, del muro y alambradas de espinos,
gorras plato y pasos de oca.

Berlín, de bellos monumentos -antes desiertos,
casi muertos-
ha caído tu muro, eres libre, eres uno.

Entra un nuevo aire, sin centinelas ni metrallas…

Alexanderplatz, tu torre luce ahora
como antorcha de paz y alegres noches
prometedoras.

Puerta de Brandemburgo
-antes tierra de nadie-
por tus arcos circulan otras brisas...
recuerda tu origen de paz,
olvida lo que tu diosa y cuádriga evoca.

Friedrichstrasse
con Checkpoint Charlie de museo,
sin controles ni miedos.

Tus calles han encendido las luces
 -te conocí casi a oscuras-
atrás quedaron las tristes farolas,
las nieblas de futuro incierto… y vidas
en la desesperanza.



Berlin

Berlin, mit Schutzgittern und Mauer,
mit Dienstmützen und Ochsenschritt.

Berlin, mit schönen Denkmälern, -einst vereinsamt,
öde fast-, deine Mauer ist gefallen, du bist frei, bist eins.
Ein neuer Wind weht in dich hinein, ohne Wachposten, ohne Schrapnell...

Alexanderplatz, dein Turm glänzt jetzt
Wie eine Fackel des Friedens und froher, versprechender
Nächte.

Brandenburger Tor
-einst Niemandsland-,
durch deine Bögen verkehren andere Brisen...,
gedenke deines Ursprungs des Friedens,
vergiß, was deine Göttin und deine Quadriga beschwören.

Friedrichstraße,
mit Chekpoint Charlie als Museum,
ohne Kontrollen, ohne Ängste.

Deine Straßen haben die Lichter angemacht
-ich hab dich dunkel gekannt-,
vergessen sind nun die traurigen Laternen,
die Nebeln der ungewissen Zukunft... und das Leben
in der Hoffnungslosigkeit

(Traducido al alemán por Anna Rossell.)


lunes, 24 de marzo de 2014

Es mi deseo...


Que la luz de tus ojos ilumine,
sin tardanza, tu mirada,
que renazca tu sonrisa,
que quede en tus labios albergada,
que citar mi nombre
sea para ti como un beso trémulo.

Que las aguas de Leteo no te invadan

viernes, 21 de marzo de 2014

Treinta y tres años


que el asalto al Congreso, con los tiros de intimidación al techo,  y las cadenas de los tanques pisando las calles, no pudieron con nuestra casi estrenada democracia, tan vulnerable como el latido del corazón de un recién nacido.
Otro hecho que siempre quedará inscrito en los anales de nuestra Historia,  con el plomo de las más de treinta balas en la bóveda y techo del Congreso
Se acababan de sentir los primeros soplos del aire fresco, de Libertad,  aun con el frío y sordo murmullo de los sables.
Fueron tiempos difíciles. Los estertores de Franco reclamando su “atado y bien atado” aún no se habían apagado y varios acontecimientos hicieron resucitar aquella frase, quizá, viéndola como una pretensión inútil.
La ultra derecha había recibido, como una bofetada, el regreso de los vencidos.
En el año 1976 las Cortes franquistas se deshicieron.
Por otra parte, los años 70 y los recientemente iniciados 80 fueron, especial y cruelmente, golpeados por la mano asesina de ETA.
Tres circunstancias  que hicieron crecer el malestar y muchos pidieron “un golpe de timón”…
Sí, aquel “atado y bien atado” se había quedado, en muy poco tiempo, en solo una frase que remordía la conciencia de los más afines al Movimiento.
No cupo la menor duda de que ese “golpe de timón” se convirtió en un malogrado golpe de Estado; malogrado porque, quizá, el pueblo español no lo apoyara.
Felicitémonos por ello, y hagamos votos porque renazca aquella unidad, patente y tan valiosa en aquellos momentos, y hoy, por desgracia, tan deteriorada, en situación, también, muy compleja  y apurada.
Y no olvidemos, que nuestro garante es el respeto a la Constitución y, lo más importante, su fiel cumplimiento.


miércoles, 12 de marzo de 2014

Diez años y un día


La muerte, madrugadora y ávida de sangre,
aliada con secuaces sin bandera
ni puños conocidos, a día de hoy,
pero, seguro, sin almas ni entrañas,
marcó para siempre esta fecha.

Aquel día durante pocas horas, muy pocas,
la tragedia haría olvidar rivalidades,
nos hermanaría  en el dolor, los ayes, lágrimas.
A los pueblos los une la tragedia...
Pareciera que todo fuera a cambiar.

Pero, como si fueran buitres agazapados,
pronto extendieron sus alas sobre los cadáveres,
sus despojos. Acudieron al olor
y color de la sangre. En la gran confusión de
"tantanes" modernos, SMS y consignas,
se dieron su festín, exigiendo lo imposible,
entre graznidos acusadores, sin respetar
silencios que se debieron respetar.

Después de aquellos malditos días, todo cambió,
cambió de distinto modo.
Una década perdida, a poco, 

con un mirar hacia atrás, la torpeza y el rencor.

Hoy, 11 de Marzo, piden, se pide unidad,
Un “ingenuo”: "hoy toca unidad" a toro pasado.
Han pasado diez años y un día,
demasiado tarde ya.



sábado, 8 de febrero de 2014

Hartura



Porque moscas y moscones acudan
a la miel y se escupan la hiel. De que
"fachas" y "progres", "progres" y "fachas" se sacudan,
se sacudan responsabilidades
irresponsables y luchen por despedazarse,
devorarse, la          t       a       r       t       a,  sus despojos,
restos del pasado para olvidar,
para algunos ya olvidados .

De jueces, magistrados, que no se sabe si
estudiaron, entendieron las leyes,
los derechos a aplicar.
De que la Justicia,
más ciega, aunque abierta de ojos, tropiece
por alguna esquina.

De que las calles ardan,
las quemen, de hartura, del amargor desmedido,
y bárbaro, mientras los capitostes 
arrojan a la espalda las copas de champán,
satisfechos de osadía y poder.

De los rencores, memoria y odios  heredados,
transgénicos que no quieren mutar.
La Historia servida a la carta,
al gusto de cada cual.

De esclavos del tedio,  atadas sus manos,
cerradas sus tripas, que quieren,
necesitan trabajar.

De hogares sin leña ni fuego ni olla.

De privilegiados con su puesto asegurado,
que nunca han trabajado, ni trabajan
ni trabajarán, su voluntad
no da para más,
para más, mucho más, da su jornal.

Porque, como los locos, hay muchos más ladrones
sueltos que encerrados en su lugar.
Porque, en este país, no queda qué robar más.

De los feudales de turno,
ilusionistas de naciones de chiste-ra
triste y rota.

Porque la ETA capitalice su no matar.

viernes, 31 de enero de 2014

Solo curiosidad


 Desde hace años me ha gustado saludar a ciertas
personas populares,
actores, presentadores de televisión
 escritores, y… cómo no, hasta algún
que otro político
que me  encuentro en la calle,
en cafeterías, restaurantes…

Ellos corresponden, y corresponden
a su modo, fuera de las tablas, de las cámaras;
solos los dos, parados frente a frente.
El motivo que persigo, tras pocos segundos
y tras pocas palabras, lo consigo:
Unos son amables,gentiles,
parlanchines y simpáticos …

Coinciden sus "yo" con la imagen
en las ondas o en el couché
reflejada.
Otros, sin embargo, dan la mano con desgana,
la mirada altiva , se creen dioses.
Algunos no son ya ni ceniza…

¿Cómo serían Cervantes, Lope…?
-Otra vez, mi yo curioso-

Recuerdo a Dalí  - inefable e histriónico,
a la vez, como nadie-
ya anciano, abrazando a su mascota, su chiguagua,
apoyado en un bastón mientras
hablaba con una dama de edad muy cercana,
su Rolls  Royce, con chófer, aparcados,
olvidados acaso,
en segunda fila en la calle
Bretón de los Herreros de Madrid
Lo natural en su charlar, afabilidad
y compostura me llamó mucho la atención,
más que cualquiera de sus desmesurados gestos
y tonos, o juegos de voz.
¿Podría ser por el bigote, ya inadvertido ,
tal vez su talón de Aquiles?

Quizá, desde entonces, ése mi pequeño vicio,
el de la curiosidad por ciertos personajes.




lunes, 20 de enero de 2014

La Luna es una voyeur...

 

Luna creciente, llena,
menguante o luna mora,
con nocturnidad y alevosía,
entre más o menos oscuridad...
¡cómo espías a los amantes!

Cuando ellos te descubren
 a veces, te sonrojas.
Otras no te importa,
sigues mirando
igual de fresca,
y en las olas del mar
te columpias y deslizas.

Eres, Luna, la mayor
voyeur del mundo,
te disfrazas,
cambias de cara,
te medio ocultas,
entre tules de nubes
o flores de azahar,
entre naranjos y almendros.

Te endulzas de caricias,
de miel y de besos,
mientras los amantes
se desnudan, se arrullan,
se acarician, se aman…
en todas las lenguas.


martes, 7 de enero de 2014

Tres+1


¡Oh Febo, cuán amable y generoso
con tu pequeña, solitaria y lejana amante,
medida su distancia en años luz!
Y, sin embargo, tan a tu alcance, nada tardas
en acariciar su semblante azul
o su esférico talle, cuando te da la espalda,
envueltos en sutil manto
de penumbra
y los cómplices guiños  de millones de estrellas.

Conjugas, con sus efluvios, limos de la linfa,
armónico trío,  juego perfecto de amor.
Sus frutos, innumerables preñeces y savias.
Y, en orgiástica compostura, la Luna, fría
y vacía siempre, se apodera, cual espejo,
de la imagen, rechaza toda luz

y envidia vuestra dicha, tan cálida y fructífera.

domingo, 8 de diciembre de 2013

Los niños del telediario


Ya a nadie sorprende ver a esos niños,
 tez del color de su abrasada tierra,
con lágrimas en los ojos y moscas
intentando devorar sus desnutridos cuerpos.

Arrojados del cálido vientre de sus madres,
sus miradas no tienen el brillo de esperanza
de los nuestros, ni el ansia de descubrir un mundo
nuevo. Son miradas opacas que siempre chocan
ante el manto de la miseria que los envuelve.

No conocen, ni conocerán, una azul cuna
ni rosa, ni tampoco agua de un manantial, fresca
que vivifique su deshidratada figura.
Son hijos de la más brutal escasez, desidia
e injusticia del mal llamado género humano.

Nuestro recuerdo y  AYUDA  para ellos
en estos días cercanos a la Navidad.
Nos deseamos paz,  felicidad…
Intentemos lograr para ellos supervivencia,
con sonrisa en sus labios.        

lunes, 2 de diciembre de 2013


El caballero de la mano en el pecho


 Esta anónima figura,
de grave y seco semblante,
ojos de mirada desigual…
¿Es, quizá, genial escritor,
marqués, caballero andante,
otro Quijote de la Mancha,
-mas de vestir oscuro y elegante-
presto a llevar su cuidada
y fina mano
del pecho a la espada,
por amparar a alguna dama,
o porfiar por su amada?

¿O, más bien, cualquiera sabe,
es un truhán pendenciero,
ojeroso libertino,
trasnochador…Un mujeriego,
siempre del lecho a la lucha,
o -qué más da-
de la lucha al lecho?
¿Es un Don Juan de la corte, discreto,
en busca de mil y una Inés?

Así parece decir,
con la mano en el pecho:
“De lo nuestro... ni palabra,
¡Válgame Dios! os lo prometo.”


miércoles, 27 de noviembre de 2013

Hambruna


¡Niño, niño mío!
¿Por qué, por qué te eché a este mundo?
¿Por qué mis carnes se abrieron?
¿Por qué consentí en aquel goce?
¿Fue, quizá, el amor pecado?

¿Por qué te castiga Dios?
¿Por qué mis pechos secos,
ni poderte dar bocado?

¿Por qué estas tierras yermas,
por qué, por qué sólo
regadas por el sudor de tu padre,
mi sudor, y mis lágrimas?

Hijo mío, me maldigo.
¡Maldito sea mi vientre!
¡Maldito sea mi cuerpo!
¡Maldita sea mi vida!

¡Maldita, maldita, maldita!
¡Mil veces sea maldita!

Ven, ven a mis brazos,
corazón mío,
que si tu mueres,
morir quiero contigo.

miércoles, 20 de noviembre de 2013

Collage de fotografías del Berlín Oriental.

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Viaje a la oscuridad


Hemos tomado el tren urbano U-bahn que nos trasladará del Berlín Oeste al “Democrático”.
Los vagones son algo vetustos; pinturas y asientos un tanto rancios.
Los viajeros, ancianos y niños en su inmensa mayoría, llevan la tristeza hospedada en sus ojos.
Tras un fugaz pitido parte el tren. Son las 16 horas, algo tarde, pues tendremos que volver antes de la medianoche; así lo exige nuestro visado.
Tras unos minutos el tren reduce la velocidad. Va reptando ahora entre los muros sórdidos que  tapian otros caminos, otras vías, posiblemente, a la libertad.
De trecho en trecho, en las paredes del túnel, garitas con potentes focos, guardias metralleta en mano, tocados con  el extraño casco que les prestara su temido nombre a quienes los portaban: “Vopo”.
Los viajeros permanecen en silencio tenso, también cuando, una vez parado el tren,  salen, salimos, sin prisa al vacío andén. Un letrero anuncia Friedrichstrasse -las paredes y techo alicatados con plaquetas color hueso-
Dos o tres guardias, tocados con grandes gorras plato,  blandiendo largas y amenazantes porras, esperan para formar en filas a los viajeros, ya con su documentación en la mano.
Dentro de garitas, -una a cada lado y otra en el centro del pasillo-otros guardias examinan escrupulosamente, visados , permisos…
Luego confrontan fotografías con los rostros, que nos hacen girar para ver los dos perfiles y de frente…
Suena una voz, suena como un trallazo, una orden, suponemos, pues hay un ligero y sumiso movimiento de la gente, entre la que nos encontramos.
Hemos pasado nuestro  turno de revista, con el alma encogida, como con una roca dentro del estómago.
Iniciamos, con alivio, la subida de escalones que nos separan de la calle.
La pobre luz de los faroles, un tanto distanciados, apenas puede atravesar una fina y heladora capa de niebla.
Los viajeros, siempre sin decir palabra alguna, se van dispersando, ahora aprisa, en todas direcciones, se pierden en la oscuridad.
Difícilmente se pueden distinguir el brillo de las vías del tranvía sobre la mojada calzada de adoquines. Seguimos su curso hasta una parada; el letrero anuncia Alexanderplatz  unas paradas más adelante. Esperamos.
Al cabo de unos minutos se oye el ruido metálico acercarse, después del chirriar de los frenos se abre la puerta de acceso.
El tranvía va casi vacío, por suerte,  tres jovencitas de unos veinte años están muy cerca, hablan, ríen, nos observan; a mí cómo busco monedas  para la máquina expendedora de billetes.
Una de ellas se me acerca y mira las monedas que mantengo en la palma de mi mano abierta; son D-Mark; no los admite la máquina; ella saca unos Pfennigs que introduce, y me extiende el ticket,con una sonrisa que devuelvo, agradecido.
En la oscuridad de la noche, arriba en el cielo, vemos, como si una nebulosa fuera, la redondez iluminada de la torre de comunicaciones  Fernsehturmla más alta de Europa, y  cerca un rascacielos, el Park Inn Hotel Berlín, el edificio más alto del Berlín de entonces.
Es nuestra parada, también la de las jovencitas, las cedemos el paso, nos sonríen  agradecidas y en mi escaso inglés les ofrezco un cigarrillo, un Marlboro. Al ver la cajetilla, saltan de gozo –como niñas ante una golosina- diciendo, “American, american”, cogen los cigarrillos y, viendo su alegría, a una de ellas le entrego una cajetilla, sin empezar, que llevo en mi bolso. Me la aceptan entre risas nerviosas y alegres. Nos despedimos dándonos la mano, y se alejan entre más risas.
Alexanderplatz es un lugar amplio, la torre en el centro. A uno de sus lados hay tiendas en cuyos escaparates se ven prendas de piel, de abrigo.
Algunos grupos de viandantes que se dirigen al hotel llevan parecidas prendas, tocados con gorros rusos de astrakán.
Por las calles que  rodean la plaza, de vez en cuando, pasa algún coche, medianos de tamaño los menos y otros, la gran mayoría, los Trabant, familiar y cariñosamente conocidos como los Trabbi, por su precio, los más accesibles para la clase media de los berlineses del Este.
Los coches pasaban con su ruido de motor característico, motor de 2 tiempos, y una pequeña nube blanca saliendo de su tubo de escape por el ambiente frio, helador.
Anduvimos un buen rato, vimos edificios, bellos monumentos, que nos hicieron volver durante varios años, aprovechando mis visitas a la Cébit de Hannover y el haber hecho una amistad en el Berlín Oriental, en esa misma noche.
Debajo del Hotel de la plaza, en una cafetería,  saboreamos buena cerveza, por supuesto, alemana.

Volvimos esa misma noche, recorriendo el trayecto en tranvía, con los mismos faroles clavados, más que en mi vista, en el alma, tal era la tristeza que desprendían. En el metro, las tinieblas del horror del telón de acero.

miércoles, 13 de noviembre de 2013

Fotografía del Castillo de Sigüenza, hoy Parador Nacional, realizada por Antonio López Negredo.


Dedico a Antonio López Negredo este último capítulo que cuelgo en la red de “Memorias de niñez”, mi apreciado amigo desde cuando todo esto pasaba. Él es seguntino, ferviente enamorado de su ciudad, a la que pinta de hermosos colores con su cámara fotográfica, desde el aire y con los pies en tierra.

                                                
                                                                 VII

En una mañana preciosa de finales de Julio  llegábamos mi madre y yo, en tren, a Sigüenza.
La ciudad del Doncel es una de las más bonitas de nuestra bella y, antes y ahora, maltratada España.
El paseo de la estación, a sus lados,  dos filas de árboles, donde los pájaros, con sus trinos, nos saludaban dándonos la bienvenida.
Cruzábamos el puente sobre el río  Henares y el caz del molino. En el caz nadaban con majestuosidad unas elegantes y enormes ocas, rodeadas de escandalosos patos que también festejaban nuestra llegada.
En ambas orillas del paseo, los segadores, acabada su faena, descansaban del duro trabajo; tumbados en el suelo unos,  sentados otros, daban buena cuenta de sus viandas colocadas  sobre sus mantas, y del vino que, en fino hilo, se deslizaba a sus bocas desde las más o menos elevadas botas que apretaban con fuerza. Otros preparaban sus escasos enseres para el regreso a su tierra.
Inmediatamente, a nuestra izquierda, la frondosa alameda. Siguiendo más adelante iniciábamos la subída de una empinada e interminable cuesta.
Mujeres y hombres nos miraban, con admiración a mi madre; era muy guapa -qué raro aún no lo había dicho-. También mi padre era de buen ver y alto, aunque ya lucía  una incipiente calva. Era fuerte, muy fuerte.
En una plaza una hermosa fuente con un machón de piedra cuadrangular en el centro; de cada una de sus cuatro caras salía un enorme chorro de agua. Por sendos caños las mujeres, desde la orilla con unas especies de cañas metálicas, conducían el agua a sus cubos y botijos que reposaban sobre el borde del pilón.
Los hombres sujetaban a sus mulas y caballos que abrevaban en el enorme pilón, a rebosar de fresca y transparente agua. Las mujeres hablaban en pequeños corros mientras nos miraban abiertamente, sin disimular.
Por el lado izquierdo de la calle, por el interior de la acera, nos iba acompañando la muralla; unos metros más arriba,  una puerta en arco muy alta dejaba paso al recinto amurallado – antes a caballeros en sus alazanes montados-.
 Nos acercábamos a la casa alquilada por mis padres, muy cerca del castillo, que apesar de estar en ruinas, sus muros y torres, en pie, se elevaban orgullosos de la historia que dentro guardaban.
Me parecía estar en otro país o en otro siglo; aquí también había ruinas pero sus piedras doradas resplandecían con el sol, evocando otros tiempos más gloriosos, sin duda.
Y, por fin, nuestra casa.
Era grande, la fachada de piedras labradas, del mismo color que las del castillo. Tenía dos pisos, dos patios, pozo muy profundo en uno de ellos, . También tenía cuadra y alto, o desván, donde se guardaba el trigo, el grano de la cosecha.
La casa era tan grande que por las noches no me quería ir a mi dormitorio; me daba miedo y, alguna vez, me ensuciaba encima, de las rabietas que cogía.
Nuestra nueva vivienda, y la calle donde estaba situada, eran completamente diferentes a las de Guadalajara, que era un tanto oscura, interior, solo daba a un patio -por donde entró el criado ladrón- y estaban prácticamente rodeadas de escombros ocasionados por la guerra.
La de Sigüenza estaba en casi todo lo alto, muy cerquita del castillo, desde donde se podía divisar todo el hermoso paisaje.  Era soleada, tenía balcones a la calle. El portal tenía las paredes revestidas de azulejos multicolores, tipo Talavera, un banco adosado a cada lateral, chapados con los mismos azulejos.
Me acordaba de Teresa y María que se habían quedado en Guadalajara. Sobre todo  de Teresa; le hubiera gustado mucho mi nueva casa. Más a María…¡la pobre!, que vivía casi, casi, en una cuadra; como su madre le decía a su marido:“ Me tienes viviendo en una cuadra”... seguro que, acto seguido, el marido, al oír ese reproche, le propinaría otra paliza, llamándola borracha.
Subiendo poco más la cuesta se podían ver los primeros árboles del grandioso pinar que se extiende hasta perderse de vista.
A pocos metros, en una explanada, una pequeña construcción, redonda y de ladrillo rojo, permanecía aislada; luego me enteraría que era el polvorín.
Más cerca que el polvorín se posaban unos pájaros enormes, emitiendo fuertes graznidos; los buitres buscaban su sustento en el cercano matadero, los despojos al aire, vertidos a un barranco. Nunca había visto pájaros tan grandes y feos, con largos picos y largos y despeluchados cuellos.
En éste, nuestro barrio, las casas eran de parecidas características; todas tenían cuadras e, incluso, corrales donde guardaban a sus animales.
Los sábados, los alrededores se llenaban de ganado pero, sobre todo, en la gran feria de Diciembre; era cuando venían feriantes de muchos sitios de España, con sus ovejas, cerdos, vacas, toros –algún semental- mulas, caballos; todo tipo de ganado.
Mis amigos y yo nos feriábamos una vara y una boina y “actuábamos” de tratantes durante esos días.
Además de la vara y la boina, también nos comprábamos una navaja para cortar el chorizo que, durante la feria, pedíamos a nuestras madres nos lo dieran en trozo, para cortarlo nosotros apoyándolo en el pan, al uso y forma de los mayores.
Los ganaderos ocupaban las posadas, los que no cabían dormían con sus ganados en los corrales.
A la mayoría de los hombres se les veía sacar de sus fajas, anchas y negras, que rodeaban con varias vueltas sus vientres, más o menos voluminosos, navajas que parecían cuchillos, y que al abrirlas sonaban como si fueran  carracas.
También de esas fajas extraían abultados fajos de billetes, que contaban mojándose los dedos con saliva en los labios entreabiertos.  Aunque con billetes pagaran, se hablaba siempre en reales, más que en duros y  pesetas. Rebaños enteros cambiaban de dueño, tras largos regateos. A los caballos, mulas y asnos les miraban los dientes para saber su edad, cifrada en años.
Alguna vez se oyó decir que habían asaltado a un ganadero para robarle el dinero que  había logrado de la venta de sus reses,  pero no era frecuente que ésto ocurriera.
Al terminar la feria e irse los ganaderos, unos sin ganado, otros con el recién adquirido, la ciudad volvía a su vida normal, aunque ya las cercanas fiestas navideñas la imprimían aires de cierta animación; se veía a las mujeres de tiendas, con bolsas más abultadas de lo normal.
Y con el sorteo de navidad se iniciaban las fiestas, apesar de que  nunca cayera ningún premio.

                        

lunes, 4 de noviembre de 2013

Memorias de niñez, las que recuerdo y quiero recordar




                                                                   II


Entonces

yo era un niño más, 
asomado a las ruinas de mi ciudad.
Mis ojos, inocentes, como los de todos los niños,
solo llegaban a ver casas hundidas, “rotas”,
como si hubieran estado así toda la vida.

Algunas, que mantenían sus muros en pié,
los  cristales  de  sus ventanas hechos mil pedazos.
Dentro, espacios huecos, a la intemperie, invadidos
por la maleza, ocultan la tragedia.

Los tiestos con plantas secas, marchitas,
haciendo juego con todo lo del alrededor.
Las calzadas de las calles de tierra rojiza...

Los mayores, la mirada baja. Algunos, muchos,
la familia y el alma destrozadas.

Los inviernos eran de crudo frío,
dentro y fuera de las casas...
más frío con estómagos vacíos,
silenciando, con dolor, sus quejidos.

La guerra había pasado y se notaba su huella
de canalla, sangrienta, cruel,
y destructiva fiera.

 

 

Una vez acabada la guerra, mis padres decidieron quedarse en España, aunque ambos habían militado en la CNT   -plenos de ideales, tan utópicos como honestos-  nada temían porque nada habían hecho que pudiera comprometerles.
Habían optado por salir de Madrid, porque mi padre creyó, supongo que con buen criterio, que podría ganarse la vida de una forma más fácil fuera de la capital, al menos, estaría menos presente el hambre en ciudades de menor población.
Y eligieron Guadalajara por su cercanía a Madrid, donde vivía toda la familia de mi madre.
Guadalajara, como otras muchas ciudades y pueblos españoles, era un solar de escombros; todos los barrios tenían casas hundidas. La casa inmediata a la mía, Alvarfáñez de Minaya, número 9. donde mi familia y yo vivíamos, estaba completamente en ruinas.
Debajo de nuestro piso, en un medio sótano,  vivía una familia; madre e hija se llamaban Maria.
La mujer y el marido estaban siempre en continuas peleas; gritos y golpes. Los efectos de estos últimos la pobre María, a la que él llamaba borracha, los lucía con rubor cuando salía a la calle, siempre despeinada su cabellera negra, con los ojos muy grandes, enrojecidos, y gruesos labios, que dejaban asomar el hueco de su boca, apenas con alguna pieza.
Su hija, María, era de mi misma edad, y amiga mía; jugábamos en la  casa hundida al escondite.
Juntos comíamos el “paniquesillo” que caía de las cercanas acacias.
 Mi “amor”, mi primer amor, por aquellos tiempos, era una chica que vivía en una casa con huerta que había justo donde empezaba el camino al cementerio, enfrente del campo donde los militares hacían instrucción, en el fondo del barranco.
 Recuerdo la puerta verde enrejada de su huerto, como el verde de las manzanas que colgaban de sus árboles y que, de vez en cuando, me regalaba alguna que yo comía  en su compañía. Tenía muchos árboles frutales. A su sombra pasábamos muchas tardes, que a mi se me hacían muy cortas.
Se llamaba Teresa,  su bella imagen me acompañó mucho tiempo. Con mucha tristeza el día que, un  año más tarde, de la mano de mi madre, dejábamos Guadalajara para ir a vivir a Sigüenza.
Con nosotros vivió durante unos días mi abuelo Manuel, padre del mío; sólo recuerdo de él que, una tarde de tormenta, me cobijó en sus brazos y me quitó el miedo a los relámpagos y truenos, contándome un cuento, a la luz de una lámpara de pié, de cuya pantalla pendían hilos relucientes verdes, a juego con otra que colgaba del techo.
Años después vería parecidas a esas  lámparas  en las películas del Oeste, en algún “Salón” donde bailaban el Can Can unas chicas rubias, muy llamativas y alegres.
Mi padre se desplazaba a diario, en bicicleta, a Trijueque, casi destruido durante la reciente guerra, donde trabajaba  de albañil. No sé el tiempo que estaría haciendo ese tremendo esfuerzo; levantarse de madrugada, trabajar durante el día, hasta la caída del sol, y volver a casa pedaleando.
 Después estuvo trabajando de vendedor ambulante; en la bicicleta llevaba un maletín con muestras. Una de ellas me llenó de ilusión; era una pelota pequeña, forrada de paño blanco; no había visto nada que me gustara tanto. Al poco tiempo, mi padre me la regaló. No sé si en aquellos tiempos podría vender alguna; no eran tiempos en los que jugara al tenis mucha gente...
Durante unos días, no sé cuantos, mi padre no apareció por casa. Mi madre estaba nerviosa y asustada, no sabía qué le podía haber pasado.
Un día llamaron a la puerta, salió mi madre corriendo a abrirla; una pareja de la Guardia Civil , citándole su nombre, le preguntaron si era ella. 
(Continuará)

jueves, 24 de octubre de 2013

Voy a ir colgando algunos capítulos de las memorias en las que estoy, hace tiempo, ocupado. Este primer capítulo ya lo publiqué en Octubre del 2010 en el blog "Sigüenza Poesia". A petición de algunos de vosotros, abro, de nuevo, la posibilidad de comentarios.


               MEMORIAS DE NIÑEZ,      
LAS QUE RECUERDO Y QUIERO RECORDAR
                          Capítulo I

Guadalajara, 1947.
Era el plácido atardecer de uno de  los primeros días de Junio.  No hacía mucho calor, por lo que aquellas mujeres estaban sentadas en sus sillas, a la sombra de la elevada pared que cerraba el patio del cuartel de la guardia civil.
Las mujeres de los guardias charlaban animadamente, mientras sus manos daban vueltas y más vueltas a los hilos que guiaban sus agujas, con asombrosa agilidad y rapidez, entre sus telas y lanas.
Por el centro de la calle, un hombretón, con muchas copas de más en su cuerpo, bajaba dando tumbos; sus piernas parecían buscar un sitio para apoyar sus pies en el suelo, de tierra, de la empinada calle Alvarfáñez de Minaya.
 La visera de una gorra, posiblemente de militar, le caía desde la frente tapándole los ojos, que sólo se le veían cuando su cabeza daba giros de cucaña sobre su poderoso cuello echado hacia atrás. Su camisa, abierta, dejaba ver un bosque de vello que tapaba por completo su torso.
De sus labios colgaba una sucia y mojada colilla, sin acabar de apagarse, cuyo humo apartaba, de vez en vez, de un lento manotazo muy cerca de su nariz, nariz enorme y morada, como si de una morcilla se tratara.
También tenía dimensiones espectaculares su miembro viril que, fuera del pantalón, lanzaba chorros de orín, con parecido y sincronizado movimiento al de la cabeza, describiendo sobre el suelo líneas interminables. Mientras, tarareaba una canción, con música y letra ininteligibles que, como final de estrofa, siempre era una blasfemia.
 Sus ropas tenían manchas oscuras y blanquecinas, estas últimas en la chaqueta, seguramente de estar recostado sobre una pared de yeso o de cal. La chaqueta y los pantalones tenían “sietes” por doquier. Las botas, de número elevado, de media caña, sobresalían de los pantalones, remangados hasta la altura de las, también, velludas espinillas.
Las mujeres habían saltado, como por resortes, hacia la amplia puerta de la casa cuartel;  a algunas de ellas se las adivinaba, ya en sus casas, en las ventanas, detrás de las persianas, observando los desmanes del iracundo y borracho individuo.
Éste había soltado una estruendosa y grosera carcajada, haciendo más ostentación de su pene, dirigiéndolo, apuntando, como si de un arma de fuego se tratara, hacia la ovalada y elevada puerta, por donde habían huido las ocho o diez mujeres, que habían abandonado sus sillas en la mitad de la calle. Algunas de las sillas  volaban varios metros a consecuencia de los puntapiés que el beodo las propinaba.
Había parecido interminable la escena, sin embargo, todo transcurrió en escasos minutos. 
Se iban apagando las voces de aquel energúmeno, al que nunca más volví a ver, que desaparecía  por la curva que conducía al camino del cementerio.
Bordeando ese camino, abajo, en la hondonada, se encontraba  la explanada del cuartel, donde, casi de continuo, se oía la corneta y los tambores acompañando, en su desfilar, a la tropa .
La tarde iba así muriendo, dejando su quehacer a las escasas y lánguidas luces que alumbraban las noches del Guadalajara de 1947.

(Continuará)

jueves, 10 de octubre de 2013

Carretera de Sigüenza a Soria


Salgo de la ciudad,
atravieso las aceradas vías del tren,
camino de vidas inquietas.

A la izquierda, desde lo alto, Sigüenza,
siempre bella y callada,
almenadas torres de la Catedral
y maltrechas murallas del Castillo
-lugares comunes, postales
mil veces repetidas-

Las calles reptan empinadas cuestas.

Más adelante, en la misma mano,
Séñigo, el torreón vigía,  ciego,
diseminados entre la hierba sus despojos,
rendidos al paso del tiempo y la desidia.

Desde esa media cota se abre el cielo
a un frondoso y gran valle.
Serpentean los arroyos
sus rumores de antaño,
entre un calmo océano de trigales.

El monte acerca el horizonte,
entrecortado por viejas carrrascas,
arrugados encinares donde se oyen cantos
nupciales de aves.

Dos hileras rectas de erguidos chopos
perfilan la carretera, como si, más bien,
fueran las márgenes de un callado río .

Sigo mi camino.
Ya de noche, con luna propicia, se perfilan  
las murallas del derruído
castillo de La Riba de Santiuste,
en figuras fantasmagóricas
-el eco del  francés en sus muros-

De hinojos, en  reverencia, el río Salado,
que cruzo en mi caminar a Atienza.
A un lado, fruto del reposo al sol de sus aguas,
las salinas de Imón,
encasilladas en cuadrículas
blancas, como si parcelas urbanas en venta,
sin vida, fueran.

Y, al cabo, Atienza,
arriba, acariciando el cielo, llena de historia
con sus iglesias e inhiesta torre del castillo,
atalaya ahora sólo en lucha
contra la lluvia y los vientos.


sábado, 14 de septiembre de 2013

El toro de la Vega

Ay! Toro, torito,  toro de gran poderío
¿por qué te hiere esa chusma,
por qué te acosa el gentío?

Matarifes a caballo, con sus lanzas, largas,
-pues las alarga el miedo-
acuchillan tu poderoso cuerpo, en cobarde,
truculenta, frenética y loca carrera.

Están  sedientos, ávidos de sangre  
-España, sangre y mies tu bandera-

¿Qué mal has cometido,
que mal ha hecho tu especie
que hace que, en estos lances,
 yo a la mía desprecie?

No puedo mirarte,  no puedo ver esos ojos
llenos de horror, dolor y espanto,
mientras tu cuerpo yace, descosido, sangrando.




Durante la lectura en el Centro Cultural "Pablo Iglesias" de Alcobendas

Aparte de leer poesía, tasmbién cantan canciones de su creación. En esta ocasión, una dedicada a Miguel Hernández.

Castillo de Sigüenza

Castillo de Sigüenza
Realizada por Antonio López Negredo