Te persigue y huyes esquiva.
Te mira y tu figura se disuelve
entre irreal niebla.
Te llama, te habla, tus labios permanecen mudos.
Sus manos, tendidas a ti, tiemblan y
su corazón se desboca,
-gana al tiempo en su ritmo-
porque no te encuentran, y estás cerca… mas distante.
Sus ojos, aun cerrados, están despiertos,
buscando en la nada las líneas de tu cuerpo.
De pronto, apareces y le rechazas
entre risotadas que escupen desprecio.
Tras de ti se cierran todas las puertas
con portazos ensordecedores que revientan
sus tímpanos, y te busca entre chinescas sombras,
danzas malditas, confusión.
Se desvanece la luz,
crece el silencio que lo invade todo.
Resbala su alma, se hunde a un foso sin principio,
sin fin. Todo es tiniebla
pegada a su piel mojada,
como otra piel a su piel,
que no siente suya, ni cercana, ni de su amada.
Flota en un aire denso,
tropieza, gira su cuerpo,
ovillo ingrávido,
avanza, retrocede, bota,
se aleja de sí mismo.
Se ve minúsculo, apenas nada,
enteramente nada. Levita, cae.
Sudor frío, una carcajada
su estruendo le desplaza,
le quema, le hiere.
Vuelve a caer, choca de una a otra pared,
la escala, cual frío reptil, se deja las uñas,
se deja la piel.
Grita un nombre, no sabe
de quién, implora, rie,
llora, vive, muere, no sabe
por qué. No sabe nada, nada.







